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LA PESADILLA DE UNa ESTUDIANTE

Laura Elizabeth Pohl/Adelante

El pasado diciembre, Suan Pineda pasó dos semanas esperando la visa que le permitiría volver a estudiar en la University of Missouri. Está preocupada por tener que enfrentar nuevos problemas cuando regrese a Panamá este año.

Suan Pineda cuenta su travesía para poder estudiar en los EE UU

Editora de cultura

Tengo miedo de regresar a casa. Extraño la brisa salobre, las tardes naranjas y sofocantes, la lluvia eterna. Extraño esas tardes panameñas: interminables, hipnotizantes, con el sol de frente. Más que nada extraño el calor que puedo sentir allí: el de mi familia, mis amigos, mi tierra. Pero tengo miedo de regresar.

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Cada año me invade ese sentimiento, un miedo por la muerte del destino que me había trazado. El miedo es latente pero calla por su constancia. Cada año, me enfrento al escrutinio, al cuestio-namiento de mi verdad. Pero cada año regreso.
En 2000 negaron mi entrada a los Estados Unidos. Recién gra-duada del colegio secundario, mis planes no diferían de los de muchos panameños: realizar los estudios universitarios en los Estados Unidos. Con todo preparado, sólo me faltaba una visa de estudiante para realizar mi trave-sía educativa.
Los formularios no fueron difíciles de llenar. Sólo había que decir la verdad. Foto, pasaporte, carta de aceptación, carta bancaria, formularios de solicitud. Era todo lo que necesitaba según las instrucciones. Llegué, después de esperar en la cola, a la ventanilla donde me iban a entrevistar. El oficial estadounidense hojeó rápidamente el formulario, levantó la vista y me miró. “¿Por qué vas a estudiar en una universidad tan estúpida?”. Por mucho que me sorprendiera la pregunta, pensé que era algún tipo de humor extranjero. Casi antes de que pudiera tomar un respiro, vi que estampaba en mi formulario sellos rojos que decían ‘RECHAZADO’”. Desde su lado deslizó los documentos hacia donde estaba yo. “Tu solicitud ha sido negada”. Me pasó otro papel. “Próximo”. Todavía confusa por lo ocurrido regresé a preguntarle el porqué de su decisión. “No tengo que explicar por qué”. Insistí. “¡Porque te vas a quedar allá!”, me dijo casi gritando y se fue. Allí quedé, con papeles en mano y sin una explicación.
Seguí intentado obtener una visa el día siguiente pero fue en vano. También cancelaron mi visa de turista que duraba diez años. Me preguntaba cómo podían esos señores, en escasos dos minutos, descifrar las intenciones y verdades de una persona con un método subjetivo basado en la percepción y el humor del empleado de turno. No había salida. Sentí por vez primera una pizca de lo que corre en las mentes de los que deciden inmigrar ilegalmente. Pensamientos de despecho nublaron mi juicio. Les deseé estreñimiento crónico a los oficiales que atrasaron mis estudios.
Un año después, mis esperanzas de obtener la visa se hicieron cenizas junto a los escombros de las Torres Gemelas. El otorgamiento de visas de no-inmigrante disminuyó de 7,5 a 5,7 mi-llones entre 2001 y 2002, según un artículo publicado por el Christian Science Monitor. Sin embargo, decidí aventurarme e, irónicamente, esta vez sí me la concedieron. El proceso fue fácil. Salí del consulado desconcertada pero triunfante. Ya sabía lo que sentían aquellos que traspasaban esas puertas de metal del edificio hermético con una sonrisa. Había envidiado esa sonrisa día tras día mientras la vida corría de frente en el asfalto ardiente y yo quedaba inmóvil.
Al recorrer la interestatal I-70 y ver los campos cubiertos de nieve, pensé que mi pesadilla había terminado. Pero mi suerte no ha cambiado. La visa de estu-diante que se otorga en Panamá sólo dura un año. Para renovarla hay que retornar al país de origen e iniciar el papeleo. Volví. Me espe-raban las fiestas de navidad, el año nuevo, con sus comidas y sus risas, los amigos y la familia. También me esperaban las largas colas, las interminables horas de espera, el interrogatorio, la incertidumbre de los resultados del crítico trámite y ese extraño combate de la conciencia que decide si mentir o no. El procedimiento había cambiado. Había más formularios que llenar, las fotos requerían tener el cabello amarrado exponiendo las orejas, la duración de las entrevistas se había extendido. También había que pagar más dinero — antes, el proceso completo costaba 45 dólares; ahora por sólo una entrevista hay que pagar 100 dólares.
Allí me encontraba, una vez más en aquel cuarto nítidamente iluminado con unas lámparas fosforescentes que se estrellaban en las sillas de metal y el piso de mosaico blanco. Allí estaba, sentada entre decenas de personas con la mirada ida, los nudillos apretados, los músculos tensos, inmóviles, sin palabras. Todos estábamos en el mismo bote.
El proceso era diferente. Esta vez me llamarían por teléfono para confirmar el estado de mi solicitud. Nunca llamaron. Al tratar de regresar en persona y aclarar el asunto, negaron mi entrada al edificio. Me llevó dos días de súplica y discusiones con el guardia, las secretarias y los oficiales para regresar a ese cuarto frío. Durante tres días, esperé por diez horas cada uno, para que me informaran que mis documentos “se habían extraviado”.
Dos semanas después estaba devuelta en los Estados Unidos. Vi cómo la nieve se amontonaba al pie de los árboles. El invierno en Missouri había comenzado y estaba agradecida de poder ver de nuevo los campos de la universidad vestirse de blanco. Tuve suerte. Al ver que habían extraviado mis papeles, los oficiales del consulado decidieron darme una visa de turista con una anotación especial que me permitiría cambiarla a la de estudiante en los Estados Unidos. Pero mientras tanto, no puedo salir del país. Es un proceso complicado y perjudicial para mi historial de solicitudes de visa.
La tormenta en mi cabeza se ha ido despejando mientras comprendo la política de los Estados Unidos frente a la inmigración y a las amenazas a su seguridad. Su reacción ante estos hechos ha sido ce-rrarse herméticamente. Ese hermetismo no es total cuando sus consulados en los diferentes paí-ses del mundo están equipados con un personal y procedimiento de selección a aspirantes de visa poco calificados.
El resultado de este sistema sigue teniendo repercusiones en mi vida. Mi desarrollo profesional se retarda con el ir y venir de leyes y documentos al tener que renunciar a prácticas de trabajo fuera de los Estados Unidos.
He tenido que renunciar a los veranos en Panamá para no inte-rrumpir mis clases, al no saber si podré regresar para cursarlas. Sin embargo, el retorno a casa es necesario. Otra vez cumpliré con las exigencias del papeleo eterno y viviré nuevamente la incertidumbre en diciembre. No sé qué pasará, el humor de los oficiales es impredecible, y mi vuelta a la universidad en Missouri dependerá una vez más de su variable juicio. Esta vez volveré a mi casa.



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