Voluntarios luchan para
suplir la falta de traductores
por Betsy Yagla reportera de Adelante traducido por Romina Güeli
y Javier Auñón
Celia, madre de seis niños, en Sedalia,
tiene un terrible dolor de muela. Por sema-nas, Elvera Satterwhite
ha tratado de conseguirle cita con un dentista en una clínica
gratuita de Kansas City, Missouri. Las citas se pueden concertar
únicamente los lunes, y este es el tercer lunes que ha
tratado de conseguir una. Dejó sonar el teléfono
40 veces antes de darse por vencida.
“Esta mujer necesita una extracción en ese diente;
el dolor es insoportable. No sé qué más
hacer”. Shatterwhite sacude la cabeza y deja caer el teléfono
sobre su falda.
Pero no había demasiado tiempo para hablar de ello. Griselda
Tovar Fuente la esperaba para anotar a sus dos hijas, María
Luisa y Tania en sexto y séptimo grado. Con su español
quebrado, a Satterwhite le llevó más de una hora
explicarle a María Luisa cómo llenar los formularios
y ayudarla a elegir entre el coro o la banda musical de la escuela.
Sara Andrea Fajardo/Adelante
Elvera Satterwhite de Sedalia ayuda
a María Luisa Tovar, de 11 años, con su
tarea de inglés. Satterwhite ha estado dando clases
de apoyo a los niños desde 1998.
Luego siguió con otra traducción,
y luego con otra.
El condado de Pettis, donde se estima que habitan y trabajan
3.500 inmigrantes que hablan español, perdió a
su único traductor pago. Pero ya no. Ahora Sedalia cae
en la misma categoría que ciudades como Mexico, California
y Marshall, donde los voluntarios corren agotados, tratando
de cumplir con todo. El problema aquí es diferente, ya
que la cantidad de latinos duplica la de otras comunidades.
“Alrededor del 10% de los latinos aquí habla inglés”,
dice el reverendo Luis Torres de la Iglesia Luterana Amigos
de Cristo. “Muchas familias sufrirán económicamente
las consecuencias de esto sino consiguen ayuda para encontrar
trabajo o abrir cuentas bancarias; esta gente sufrirá
físicamente si no reciben atención médica
adecuada; la educación de los niños sufrirá,
los ingresos de la ciudad decaerán si la gente no puede
hacer negocios y tiene que irse”.
Hasta el 30 de junio, la Sociedad Comunitaria del Condado de
Pettis (Pettis County Community Partnership) le pagaba a un
traductor y a un empleado bilingüe. Pero los recortes en
los fondos estatales, fe-derales y privados dejaron a la Sociedad
con tan sólo un 44 por ciento de lo que tenían
en 2000. Para mante-ner el dinero que tenían, la Sociedad
tuvo que concentrarse en programas que atrajeran nuevos fondos,
y las traducciones no era uno de ellos.
Con un traductor, la Sociedad ayudaba a un promedio de 300 personas
que hablan español por semana, comenta la directora ejecutiva,
Cheri Hereen. Ahora, estas personas han sido abandonadas a su
propia suerte para leer correos electrónicos, conseguir
trabajo y hacer citas con el dentista.
Hereen fue afortunada en poder derivar personas a Satterwhite,
quien ayudó a formar la Sociedad siete años atrás.
Ahora Satterwhite, voluntaria retirada, de 66 años, encuentra
dificultades para cumplir con todas las necesidades.
Cuando las personas que hablan español llamaban para
pedir ayuda, Satterwhite los derivaba a la Sociedad. Ya no más.
Ocasionalmente solicita ayuda de otros, pero aún así,
sus días están completos.
Esta no es la forma en que se ima-ginó disfrutar sus
años de retiro. Planeaba escribir libros para niños,
viajar y pasar tiempo con sus nietos.
Pero una simple tarea puede llevar horas. Como el caso de Celia.
Al teléfono nuevamente, Satterwhite llama a Hereen para
explicarle su problema con Celia y su muela. “No sé
qué más hacer, excepto llamar a dentistas de por
aquí y rogarles por sus servicios en forma gratuita.
He estado llamando a Kansas City desde la última semana
de julio”. Hereen le contesta que tiene algo de dinero
—250 dólares—- donados por un club local
de mujeres, para ser usado para servicios dentales para niños,
y les preguntará si tiene su aprobación para que
los use para Celia. “¡Dile que es para niños!”,
dice Satterwhite. “¡Esta mujer tiene 6 niños!”
La crisis ha ayudado a que miembros de la comunidad dieran un
paso adelante. Un ejemplo es el de Diana Estrada, presidenta
del Club English Speakers of Other Languages (los que hablan
inglés pero tienen otro idioma nativo), quien llamó
a Hereen para ofrecer los servicios del club.
“Una cosa es poder hablar los dos idiomas, pero otra diferente,
es poder traducir; algunas personas están comenzando
a pedirles a sus propios niños o a los de otros ayuda”,
dijo Estrada, que en ocasiones debe traducir para sus propios
padres.
“Todos necesitan ayuda: bancos, escuelas, hospitales,
la corte, negocios”, dijo Becky Hartman, de 50 años,
quien regresó a la secundaria para aprender español.
Está asistiendo a clases en El Sagrado Corazón,
una escuela católica local. “Mi esposo es médico
y me decía que el hospital está gastando miles
de dólares por mes porque no hay nadie que pueda completar
los formularios para los que hablan español. Pensé
que si aprendía español, podría ayudar
de alguna ma-nera”.
Hartman dice que por ahora únicamente ha usado su español
en restaurantes mexicanos de la zona. “Hago tanto esfuerzo,
que me sonríen, pero no sé si es porque tratan
de no reírse de mí, o porque aprecian el esfuerzo”.
Muchos de los que hablan inglés se dan cuenta que les
ayudaría poder hablar español. Durante el verano
en la Sociedad no se ofrecieron clases de español, pero
se dictarán nuevamente este otoño, y Hereen dice
que ya tiene una lista de personas esperando para asistir.
Satterwhite también da clases de español en la
Iglesia Amigos de Cristo, pero solamente un par de familias
concurren de forma constante.
“Más que nunca, el énfasis debe estar puesto
en enseñar inglés”, dijo Torres.