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Venezuela da una perspectiva fresca

Tracy L. Barnett

Hace pocas semanas atrás tuve el privilegio de viajar a Venezuela y recorrer muchas de sus ciudades con un muy amigo mío venezolano, sociólogo llamado Mario Van Dam. Sus amigos y parientes me abrieron sus casas y sus vidas , incorporándome como un miembro más de su “red” de reformadores, organizadores y soñadores que hacen su familia aún más extensa.

Ahora, de vuelta en el corazón de la nación más rica del mundo, he tenido un poco más de tiempo para refle-xionar sobre la riqueza de cada cultura. Como siempre, cuando regreso de un país “menos desarrollado,” veo a través de los ojos de los amigos que he dejado atrás. Me siento humilde frente a lo que, para mis amigos, sería una opulencia increíble — cosas como el acceso fácil a la tecnología moderna, y el muy buen funcionamiento de todas las cosas; las casas y amplios jardines, las vecindades seguras, donde se puede caminar por la noche sin preocupaciones.

Entonces pienso en la abundancia que dejé atrás. No hablo del dinero generado en la nación petrolera más grande del Hemisferio Occidente – aunque esto es muy obvio en algunos distritos privilegiados de Caracas, Maracaibo y Barquisimeto, muy poco de esta economía llega a mis amigos y las poblaciones en las que ellos sirven.

Más bien, pienso en un cierto calor que penetra el ambiente y alimenta el alma – no solamente el clima cálido del Caribe, pero la gente, como si tuvieran sus corazones floreciendo todo el tiempo.

Nadie podría ser una mejor muestra que Araceli, una mujer que conocí en un bus en la ruta a Caracas. Araceli es coordinadora de un programa de capacitación para maestras de lectura. Muchas de las maestras no tienen a su alcance ni siquiera lo más básico requerido para enseñar: textos modernos, salones amplios, o sueldos decentes.

Araceli no me consideraba una extraña por ser yo extranjera; más bien, extendió sus brazos, me abrazó y, sonriendo, me preguntó, “¿Cómo te llamas, mi amor?” Ella describió su trabajo como “un proceso de ayudar a mis alumnos a enamorarse de sus estudios” – y con su sonrisa tierna esta mujer me confirmó, que sabía lo que decía.

El estar enamorado parece ser el estado natural para esta gente caribeña. Y, ¿cómo no? ¿Por qué debe el paisaje humano ser menos fértil, menos abundante, menos hermoso que el geofísico?

Entre los numerosos compromisos que me he hecho desde mi regreso– leer más, aprender más, practicar más español, entre otras – Una de las enseñanzas que me regalaron esta gente del caribe resalta tal vez como lo más importante: es el cariño que ellos brindan como una flor tropical lo que, más que todo, quiero guardar vivo aquí entre los vientos amargos del invierno, y compartir con los demás.

Tracy L. Barnett es la editora de Adelante.

©2000 Adelante