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Solo una quesadilla

Parte del equipo de Adelante tuvo una gran aventura durante la semana del Día de Acción de Gracias y, por una beca de la Escuela de Periodismo, viajó a la patria de tantos de nuestros lectores: México. Visitamos a trabajadores de los derechos humanos, trabajadores sociales y agricultores migrantes, entre otros, y profundizamos nuestro conocimiento de una cultura riquísima en historia y, una realidad económica bastante dura.

Sería imposible recibir una bienvenida más calurosa que la que recibimos en Benito Juárez, por parte de Esperanza Anaya, la madre de los tres hermanos Gómez que viven con sus respectivas familias en Columbia.

Para algunos miembros de nuestro grupo, era el primer vistazo de la vida en el sur de la frontera, con toda sus realidades: algunas hermosas, otras muy duras. Para todos, era una experiencia profunda. Javier Solano, estudiante de España, era algo reacio en el principio. Tal vez él aprendió más que todos de nosotros. 

— Tracy L. Barnett, Editora

Javier Solano

MÉXICO SE APODERÓ de mí en cuanto cruzamos la frontera. Yo me había olvidado de lo que significa estar en un país latino: lentitud e indiferencia para procedimientos oficiales. Sí, estoy en América Latina, pensé. La vida sigue su propio ritmo en México. Siempre creí que entendería a los mexicanos viniendo de donde vengo, España, la Madre Patria. 

Creo que fui a México como un nuevo Hernán Cortés. Pero los mexicanos no eran como yo esperaba. Ellos han tenido sus cinco siglos de gloria sin España, aunque ahora tienen nuevos conquistadores en su territorio: el capitalismo neoliberal y la globalización, por ejemplo. Si los mexicanos piensan acerca de la guerra que han emprendido sus vecinos del norte, es principalmente porque cruzar la frontera ahora es más difícil. 

En Chihuahua, a cinco horas de la frontera con los Estados Unidos, el zócalo vibra todos los días con la alegría de los limpiabotas y las vendedoras de flores que se esparcen alrededor de la Catedral. La vida no puede parar. “Necesitamos comer y alimentar a nuestras familias”, dicen. 

En Benito Juárez, un par de horas al norte de Chihuahua, sus habitantes tienen su propia guerra que considerar. Cada 20 de noviembre, junto a sus connacionales, celebran el aniversario de la revolución mexicana, que finalizó en 1910. Los niños toman parte en un desfile para conmemorar la insurrección, la última vez que los mexicanos tuvieron éxito exigiendo a sus gobernantes lo que es justo y suficiente. Sin embargo, suficiente en México no es un término muy preciso. Los mexicanos hoy se preocupan por la pequeña ayuda que su nuevo gobierno les ofrece. Pero eso no les preocupa, seguirán riendo y gozando de la vida mientras tengan unos cuantos pesos en su bolsillo y una quesadilla para comer. 

“México lindo y querido…” dice la canción. Sin embargo, México no es lindo ni querido para todos. No para los nativos Taraumara que viven en la Barranca del Cobre, forzados a vivir en cuevas y a sobrevivir, principalmente, de los turistas y sus dólares. Tampoco lo es para las mujeres muertas, semanas atrás, en Ciudad Juárez ni para los miles de mexicanos migrantes que pasarán la Navidad lejos de su hogar. Las barras y estrellas ilustran al mexicano la Tierra Prometida. 

Es en Benito Juárez, donde el verdadero México toma forma (incluidas sus hermosas mujeres). Esperanza, Irma, Mario, Fátima y Alberto compartieron su terruño con un grupo de Adelante! y nos enseñaron una valiosa lección: “Mi hogar es tu hogar”. Si eso aconteciera aquí, en los Estados Unidos, todo sería diferente. El forastero siempre tendrá una cama y una quesadilla en Benito Juárez. 

Me acerqué a México con ojos europeos y se me olvidó llevar las gafas de la humildad y la fraternidad. La próxima vez que me encuentre a un hermano mexicano le diré: ¡GRACIAS! Y le ofreceré mi ayuda. ¡Viva México!

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