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Después
de regresar de Afghanistan a Opelka, Ala.,
Tony Amerson de la Reserva del
Ejército y su mujer Andrea se
abrazan por primera ocasión en ocho
meses el viernes, el 9 de agosto. (Vasha
Hunt/Opelika-Auburn News)
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Tonalidades del rencor

Miguel
Ugarte
BANDIDOS
CON AVIONES y con
moros.
Así
reclamaba Pablo Neruda en su famosa poesía
sobre la guerra civil española,
Explico algunas cosas. Es un poema
lleno de hiel, resentimiento, hasta odio, ese odio
que contamina al ser humano, por justificable que
sea, esa furia que todos sentimos también
después del ataque del 11 de septiembre de
2001.
La furia
contra el prójimo que expresa Neruda es
más que justificable. Tiene que ver con lo
que Neruda y tantos intelectuales españoles
y latinoamericanos veían en 1936 como una
traición contra la patria: el levantamiento
de militares españoles contra la Segunda
República, una rebelión abiertamente
fascista contra la democracia.
Generales
traidores, mirad mi casa muerta.
Generales traidores, mirad España
rota.
En aquel
entonces Neruda vivía en Madrid disfrutando
del sol castellano con sus amigos muchos de
ellos poetas jóvenes como él. A pesar
de las disputas políticas era una ciudad de
abundancia y placer, particularmente comparado con
el Madrid de la guerra civil.
El
aceite llegaba a las cucharas...
metros, litros...
pescados hacinados...
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el
mar.
Pero con
la traición de los generales,
traición demasiado repetida en las historias
de países de habla española, ese
placer y abundancia desaparecieron con el
bombardeo.
Desde
entonces, fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Los
militares eran todos bandidos para
Neruda, gente que mata no sólo a poetas como
García Lorca sino también a
niños.
Y
la sangre de los niños corría
simplemente,
como sangre de niños.
Y hacia
el final del poema Neruda jura venganza:
De
cada crimen, amenaza, salen balas que
un día os hallarán el sitio del
corazón.
Según
el poema, los militares insurgentes eran
bandidos con aviones y con moros,
porque uno de esos generales, Francisco Franco,
luego dictador del país, había
reclutado a árabes marroquíes durante
sus campañas colonialistas en el norte de
África en los años veinte. Los
moros de Franco eran temibles porque la
población anti-fascista sabía que no
tenían nada que perder. Ser soldado de
Franco para ellos era una manera de escaparse de la
miseria.
El
paralelo con el 11 de septiembre de 2001 es para
mí revelador, no tanto por sus similaridades
sino por las inmensas diferencias. No es que
nuestro odio no hubiera sido justificable.
Sí, hay que decirlo, la mayoría de la
población residente de los EEUU,
prescindiendo de raza o identidad étnica,
sintió odio por los autores de tantas
muertes de gente inocente en Nueva York, Washington
y Pennsylvania, el mismo odio que siente una madre
palestina cuya hija de diez años es
víctima mortal de un ataque israelí,
o un joven estudiante judío prematuramente
viudo a causa de una bomba fanáticamente
suicida que mata a su esposa, o el padre de un
desaparecido debido a otra atrocidad de
otro 11 de septiembre en Chile hace treinta
años.
No, no es
el odio que distancia el 11 de septiembre de 2001
al de 1972 o del 17 de julio de 1936 que lamenta
Neruda. Son las circunstancias. Y tales
circunstancias tienen que ser analizadas
objetivamente antes que nos convenzan los
mercaderes de armas y guerras que el ataque del 11
de septiembre más reciente es exactamente el
mismo que otros que provocaron guerras
justas como por ejemplo el del Puerto
de Perlas en Hawaii del siete de diciembre
1942.
No,
Señor Bush, no es lo mismo. Estamos hoy
día en otra época y otras
circunstancias, una situación que requiere
pensamiento, diplomacia, serenidad y
análisis, eso sí, análisis de
nuestro propio odio.
Sería
bueno interrogar ese verso de Neruda,
bandidos con moros y preguntarnos si el
gentil y humano poeta progresista defensor del
pobre también peca de un sentimiento vil
odio y rencor por el Otro que no
conoce, ese moro, ese ser humano
árabe, también víctima del
poder y de la pobreza.
Como
ciudadanos y residentes de los Estados Unidos los
acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 son
más que lamentables son odiosos. Y sin
embargo, lo peor que podemos hacer es responder con
más odio, como pide el programa de Bush
hijo, una política de guerra y odio
perpetuos.
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