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Margaret
Sayers Peden: Libro abierto de la
Hispanidad

El hogar de
Margaret Sayers Peden se asemeja a un museo de
imaginería latinoamericana mezclada con
recuerdos de los amigos conocidos en una dilatada
carrera.
por
María Del Mar
Grandío
reportera
de Adelante
Un simple
vistazo a su hogar revela las dos grandes pasiones
de su vida: la literatura y el arte hispano.
Infinidad de libros esparcidos por el suelo y las
estanterías delatan su amor por las letras.
Decenas de cuadros con mujeres indias en las
paredes y su inexplicable obsesión hacia los
crucifijos muestran su atracción hacia
México.
No
soy una persona muy religiosa, pero me encanta
coleccionar cruces, dice Margaret Sayers
Peden. Es una manía extraña que
no sabría explicar. Yo soy creyente pero no
voy a la iglesia, lo que es muy latino.
Sayers
Peden agrupa estos dos pilares de su vida, los
libros y la cultura latina, en lo que es su tercera
pasión: su trabajo como traductora. No en
vano, ha llegado a ser, sin proponérselo, la
traductora de reconocidos autores hispanoamericanos
como Carlos Fuentes, Octavio Paz e Isabel Allende.
Margaret Sayers Peden, como su propia casa, es un
libro abierto de la cultura hispana.
Su casa
de Columbia es como un santuario en donde se
esconde para traducir. Su despacho es su cuartel
general. Se encuentra ubicado en lo alto de su
vivienda, en una gran habitación pintada de
blanco y flanqueada por amplios ventanales que
llenan toda la estancia de luz. Enormes
diccionarios y montañas de papeles son las
huellas explícitas de su trabajo. Entre
ellas destacan sus últimas traducciones:
Retrato en Sepia de Isabel Allende y el
último libro de uno de los escritores
más en boga en España, el periodista
y autor Arturo Pérez Reverte con su libro La
Carta Esférica. Estas novelas están
ya terminadas para ser enviadas a las editoriales.
El único confidente de todo este arduo
esfuerzo diario es su ordenador. Con él,
Sayers Peden comparte largas horas de
diálogo solitario en este largo proceso que
supone la traducción de cada obra literaria.
Es cierto
que es un trabajo solitario, pero la verdad es que
lo amo con locura, si no lo amara, no lo
seguiría haciendo ahora. Traducir es un
trabajo constante y de aprendizaje continuo. Es
constante porque trabajo una media de ocho horas al
día. El esfuerzo es tan intenso que mientras
estoy traduciendo a veces tengo que tomarme un
respiro y salgo al balcón o me echo en el
sofá.
Como
casi todos los artistas, Sayers Peden
también posee unas musas y protectores que
velan por ella. En la cabecera de una
pequeño sofá-cama que hay en su
despacho tiene dos representaciones. Son dos
retratos: uno de su abuela y otro de su marido que
falleció hace un año y medio. Ellos
han marcado su vida y su carrera profesional. Sobre
todo su esposo, que ha sido una ayuda permanente en
sus traducciones.
Yo
empecé a traducir por pura casualidad, como
muchas cosas en la vida. Estaba investigando para
mi tesis doctoral sobre el dramaturgo mexicano
Emilio Carballido y tuve que leer una de sus
novelas cortas titulada El Norte. Yo le dije a mi
marido, Lástima que no puedas leer
este libro porque es perfecto. A lo que mi
marido me contesto: ¿Por qué no
lo traduces? Y pensé: ¿Por
qué no? . Y así entre en el
mundo de la traducción mientras yo era
profesora de literatura en la Universidad de
Missouri. Por aquel entonces, no se
impartían clases que enseñaran a
traducir. Y tuve que hacerlo de una manera
espontánea. Sin recibir clases
teóricas. Pero al menos conté con la
buena suerte de tener en casa a una especialista en
literatura, mi esposo, que era profesor de
literatura en la Universidad de Missouri.
En una
mesa tiene varios gruesos diccionarios con toda
clase de localismos y giros del castellano. Sin
embargo, ella declara que más que un buen
instrumento, el diccionario puede ser su mayor
enemigo.
Traducir
es un aprendizaje continuo porque no se trata de
traducir literalmente palabra por palabra. De
hecho, el diccionario puede ser un gran traidor que
desencamina el completo significado de las
palabras. A veces es imposible encontrar la
traducción precisa y es entonces cuando
recurro a mi propia creatividad e invento. Hay
escritores que escriben poesía, otros que
escriben novelas: sin embargo, yo escribo
traducción.
En la
primera parte de su residencia ha colocado una
estantería con todos lo libros que ha
traducido a lo largo de su carrera. Una
colección que suma 45 traducciones. Entre
todos los literatos, Sayers Peden se queda con
Isabel Allende que es, ante todo, una gran amiga.
En una mesa se encuentra una foto de Isabel Allende
con su marido. Y en su cuarto, Sayers Peden tiene
un collar hizo por las manos de la propia Isabel
Allende.
Nuestra
relación empezó siendo puramente
profesional, ya que su editor me llamó para
traducir su segundo libro, De amor y
sombra. Pero a partir de ahí, hemos
afianzado nuestra amistad con el tiempo. Pero, no
con todos los escritores tengo la misma
relación. Cada uno es diferente. Muchas
veces no hay un trato tan directo con los
escritores y son las propias editoriales las que se
ponen en contacto conmigo para traducir los libros.
Otras veces soy yo misma quien decide si es
interesante o no traducir un libro. Normalmente,
estar en contacto con los autores es muy bueno,
pero hay veces que más que una ayuda son un
problema. Hay autores que piensan que saben
inglés y se empeñan en decidir en la
versión inglesa. Pero el problema es que
recurren con mucha facilidad al diccionario, algo
que para mí no es nada bueno.
Sayers
Peden es una mujer enamorada de todo lo latino, con
la magia de sus tierras y la sonoridad del idioma.
No
podría explicar esta atracción que
siempre he sentido hacia el castellano o hacia
América Latina. Me encanta la flexibilidad
de este idioma, lleno de matices. Para mí,
el castellano siempre ha sido sinónimo de
lugares exóticos. Y es que lo más
importante y bonito de la traducción es que
es un puente entre culturas. En mi caso, con cada
libro que traduzco me acerco más a la
cultura hispana.
En Sayers
Peden, la literatura y la cultura hispana se han
dado la mano. La traducción ha sido su
particular unión entre los dos pueblos a los
que pertenece, el norteamericano y el latino. Los
libros han traído a su hogar de Columbia el
embrujo y misticismo, no sólo de las letras,
sino de toda la cultura latinoamericana.
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