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Espíritu
de Ermua

Sara
Nso
ES
CIERTO QUE, en lo que se refiere al problema
vasco, gran parte de la sociedad española se
muestra completamente ignorante, aunque no
despreocupada
Los vecinos de cualquier
localidad del sur de España, por ejemplo, no
saben dónde ni cuándo comenzó
el movimiento nacionalista y separatista vasco, ni
mucho menos alcanzan a comprender las razones por
las que dicho movimiento acabó engendrando
la violencia del grupo terrorista ETA.
Sin
embargo, me atrevería a decir que casi todos
han llegado a derramar alguna lágrima
enfrente de sus televisores, al volver a comprobar
que la barbarie del grupo terrorista parece no
tener fin, con cada nuevo asesinato.
¿Cómo
esperan que respetemos sus ideas, cuando ellos ni
siquiera respetan nuestras vidas?, se quejaba
ante las cámaras de televisión una
ciudadana de Tolosa, localidad vasca en la que ETA
ha perpetrado su último asesinato, contra un
policía.
Porque de
respeto a la vida, después de sufrir las
acciones del grupo terrorista durante más de
25 años, entendemos todos.
España
puede presumir de haber vivido un proceso de
democratización ejemplar, tras el
régimen dictatorial del general Francisco
Franco (1939-1975). El movimiento nacionalista
vasco, como el catalán (perteneciente a la
región española de Cataluña,
que también posee una lengua aparte del
castellano), se agravó durante la dictadura,
debido a las restricciones de un régimen que
buscó por todos los medios la
centralización gubernamental de
España, mediante la eliminación de
las muy diferentes culturas regionales.
Fue en
aquellos años de transición, en los
que también se fraguó el grupo
terrorista ETA, a quien no satisfizo el logro de la
democracia. Finalizada la dictadura, empezaba la
auténtica cruzada de ETA: la
consecución de la independencia del
País Vasco con respecto de España y
la constitución de un estado comunista, a
través de la violencia.
Ésta
es una de tantas incoherencias de ETA, puesto que
no puede existir de ningún modo el llamado
nacionalismo de izquierdas, que el
grupo reivindica. La izquierda siempre ha sido
internacionalista y solidaria, tal y como la
definió Marx. Y, por tanto, no puede ser al
mismo tiempo nacionalista, o ser constituida como
régimen de una nación en
aislamiento.
Pero el
pueblo sigue sin entender de estas cuestiones,
sólo siente, y esa es su debilidad y su
fortaleza frente a la imposición de la
violencia de ETA en el día a día de
sus vidas.
Sentir
es, o mejor dicho, ha sido una debilidad, porque
hasta hace muy poco tiempo el sentimiento de miedo
se había apoderado de todos los
españoles, empezando por los vascos que no
acogían las ideas nacionalistas.
Sin
embargo, sentir es también la fortaleza de
un pueblo que se niega a permanecer impasible
frente a la barbarie y que todavía sigue
derramando lágrimas por cada víctima
del terrorismo. Porque el pueblo llora, pero no
odia. Algunos se sorprenden de que la gente afirme
no odiar a los terroristas que los acosan
constantemente, pero se olvidan de que el odio
sólo trae destrucción, tanto para los
que lo padecen, como para los que lo sienten.
Además, el pueblo se niega a pagar a ETA con
su misma moneda, porque de ese modo
desvirtuaría a la sociedad que tantos
años le costó configurar.
El
espíritu del pueblo español frente al
problema del terrorismo se ha denominado
espíritu de Ermua, por ser
ésta una localidad en la que ETA
asesinó a un joven concejal de 25
años, Miguel Ángel Blanco, tras
retenerlo secuestrado, solicitando como moneda de
cambio por su vida el traslado al País Vasco
de todos los presos terroristas que se encontraban
dispersos, en aquellos momentos, en las
cárceles españolas.
¿Cómo
se iba a lograr una movilización de tal
envergadura en tan sólo 24 horas? El
asesinato de Blanco fue una muerte anunciada; pero
el pueblo no se resignó a aceptarlo y, por
primera vez en la historia de la amenaza
terrorista, millones de personas se lanzaron a las
calles de cada gran ciudad y pequeño
municipio del país, pidiendo la
liberación del concejal. ETA volvió a
asesinar, claro. Pero entonces ocurrió algo
que ni siquiera los terroristas podían haber
previsto, porque los españoles no se
retiraron de las calles cabizbajos, sino que
olvidaron su miedo a los asesinos y alzaron la voz
para enviar un mensaje claro y contundente a sus
acosadores: Ya estamos hartos. Podéis
matarnos, pero ya no os tenemos
miedo.
El pueblo
español, en su conjunto, asumía por
primera vez el problema del terrorismo y se
enfrentaba a él con una actitud valerosa. El
problema vasco dejaba de atañer tan
sólo a las dos realidades de los vascos
nacionalistas y los vascos no nacionalistas, ahora
también el resto de la sociedad
española se había
involucrado.
Con cada
uno de sus asesinatos, el grupo terrorista ETA
trata de acabar con la estabilidad del pueblo
español y lo hace con tal
ensañamiento, que muchos dudan que sus
objetivos vayan más allá de torturar
y destruir, pero los españoles han sabido
reaccionar como pocas sociedades a una
situación de acoso como ésta y
ése es el primer triunfo de la relativamente
joven democracia española.
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