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El
marketing politico, señor de la Argentina
política (y, por qué no, del resto de
América Latina)

Hugo
Alconada
NAPOLEÓN
BONAPARTE RESULTÓ un buen maestro
político en los albores del siglo
XIX.
Los
hombres que han cambiado el universo no lo han
conseguido manipulando a los dirigentes, sino
más bien movilizando a las masas,
advirtió. Manipular a los
dirigentes es el método de la intriga y
sólo conduce a resultados secundarios.
Manejar a las masas, sin embargo, es el rasgo de
ingenio que cambia la faz del
mundo.
Dos
siglos más tarde, su consejo es,
quizá, la regla implícita más
poderosa de la democracia moderna en América
Latina. La restauración del Estado de
Derecho en la región durante la
década del 80 representó la
normalización de las instituciones, pero
también la irrupción de una
especialidad hasta entonces desconocida, la
consultoría en marketing
político.
Sus
consecuencias son patentes. Predominio de las
encuestas de opinión, prevalencia de
candidatos dotados de telegenia, aumento de los
costos de las campañas políticas y
una clara prioridad para las imágenes por
sobre las ideas.
Sin
embargo, no todas sus consecuencias resultaron
negativas. El marketing político
también produjo la profesionalización
y modernización de las campañas,y
provocó que millones de ciudadanos que hasta
entonces consideraban a la política y sus
derivados como algo aburrido, inentendible y
distante, comenzaran a mostrarse algo más
interesados, aunque más no fuera como
consumidores de los
productos, es decir, los
políticos.
LA
AMERICANIZACIÓN LATINA
El costo
global de las elecciones presidenciales celebradas
en Argentina en 1989, sumados todos los partidos
políticos participantes, rondó los 12
millones de dólares. De esa suma, el 70 por
ciento se gastó en publicidad
televisiva.
Seis
años más tarde, el costo global de la
campaña presidencial habría trepado a
los 30 millones de pesos. Y en 1999, las
consultoras estiman que el costo mínimo de
la campaña electoral por partido
político superó los 15 millones de
pesos, una cifra que aumentó necesariamente
si el candidato aspiraba a ganar.
Más
aún, la fundación Poder
Ciudadano estimó que el Partido
Justicialista, que por entonces detentaba el poder,
gastó 50 millones de dólares y la
opositora Alianza otros 35 millones en publicidad,
sin incluir las restantes áreas de una
campaña: pasajes, hospedajes,
infraestructura, gastos en servicios,
etc.
Pero
además, la contienda de 1999 en Argentina
permitió confirmar la
homogeneización de las
campañas electorales que ya se vislumbraba
en toda América Latina, esto es, la
aceptación de estrategias y estilos de
campañas electorales basados y aplicados en
los Estados Unidos.
La
Alianza opositora, por caso, desembolsó
cerca de 1 millón de dólares en el
contrato de Dick Morris, conocido como el monje
negro que hizo posible la reelección de
Bill Clinton en 1996, mientras que el Justicialismo
contrató primero por 600 mil dólares
a James Carville vinculado al ascenso de
Clinton a su primera presidencia, y luego al
brasileño Duda Mendonca por, se estima, un
par de millones de billetes americanos.
Estos
contratos, junto a todas las ideas que los
consultores luego sugirieron, permitió
corroborar que ya era una realidad la
importación de las estrategias, los slogans
y hasta los spots publicitarios que tiempo antes se
aplicaron en Estados Unidos. Con sus beneficios y
sus puntos débiles.
En
efecto, 1999 resultó para la Argentina una
campaña presidencial basada en
técnicas y rutinas de campañas
electorales estadounidenses, modificadas para su
implementación en el contexto local. Siempre
con excelentes resultados. O, en realidad, la
mayoría de las veces.
En
algunos círculos políticos
argentinos, por ejemplo, resulta imborrable el
recuerdo de un caso paradigmático que, por
fortuna para la coalición política
involucrada y luego triunfante en las elecciones,
jamás vió la luz de la audiencia
pública. Dick Morris había impuesto
su criterio político y se había
encargado entonces de producir un spot televisivo
en los Estados Unidos.
Cuando
las tomas llegaron a Buenos Aires, el equipo de
comunicación no salía de su
asombro, recuerda el periodista Ernesto
Semán, en su libro Educando a
Fernando. Los extras que participaban en
las escenas tenían cara de norteamericanos,
vestían como norteamericanos y se
movían como norteamericanos. Era un buen
intento comecial para el partido Demócrata,
pero en la Argentina hubiera provocado uno de los
mayores fallidos de la
campaña.
Con el
equipo del otro candidato político, Eduardo
Duhalde, ocurrió algo similar. Segundo en
las encuestas y sin mayores oportunidades de
triunfar en las elecciones que se acercaban, el
asesor James Carville regresó a los Estados
Unidos y asumió en su reemplazo Duda
Mendonca.
De
reconocido prestigio en Brasil y la Argentina,
donde había liderado la campaña
triunfal de un gobernador y producido un
polémico spot para el presidente Carlos
Menem, Mendonca contaba con un plazo muy corto para
revitalizar las aspiraciones del
candidato.
E
ideó un spot basado en el efecto
underdog. Esto es, buscar que el electorado
se identifique con el candidato propio mediante la
compasión, pero también buscando
generar el rechazo del consumidor hacia
el candidato contrincante, al que se muestra como
soberbio y agresivo.
Mendonca
mostró entonces a Duhalde mientras caminaba
sólo por una finca. Cabizbajo y meditabundo,
casi vencido, mientras su voz en off refería
lamentos por su suerte adversa y la agresividad de
los contrincantes durante la
campaña.
El spot
duró apenas 48 horas en el aire. La esposa
del candidato percibió lo que todos los
asesores no habían comprendido: el spot
mostraba un candidato débil, que casi
reconocía la derrota. A Duda Mendonca casi
le costó su cargo de asesor. Y unos cuantos
millones de dólares en honorarios por
cobrar.
EL
FESTIVAL AMERICANO DE LA IMAGEN
Las
elecciones de Alejandro Toledo en Perú,
Vicente Fox en México, Andrés
Pastrana en Colombia, Ricardo Lagos en Chile y
hasta Hugo Chávez en Venezuela guardan un
rasgo en común. El marketing
político.
Resulta
curioso, pero también notable que estos
candidatos políticos, algunos de ellos con
ideologías muy diferentes entre sí,
apliquen las mismas técnicas y estrategias
comunicacionales y de venta de sus
propuestas políticas, al punto de llegar a
virtuales plagios en sus publicidades, como
ocurrió con dos candidatos, uno
brasileño y otro argentino, que al contratar
al consultor Mendonca terminaron con spots
idénticos, cada uno en su
país.
Sin
embargo, más allá de los reclamos que
puedan esgrimirse contra la homogeneización
de las campañas electorales y el predominio
que adquieren los consultores técnicos por
sobre los asesores políticos, caben dos
advertencias.
La
primera, que son los políticos quienes se
sirven de la consultoría en marketing en
cada campaña. Aunque se trata de un mercado
en la que abunda la oferta de especialistas, la
demanda que aspira a contratar consultores en esta
especialidad, en todos los niveles y a cualquier
precio, resulta innegable.
La
segunda, y más relevante, que el reclamo de
los ciudadanos por lo que perciben como la
inmadurez de los políticos y su falta de
propuestas reales es, sencillamente,
hipócrita.
En 1960
ocurrió el primer debate televisado de la
historia política. John Kennedy y Richard
Nixon se enfrentaron ante las cámaras de
televisión y el resultado fue claramente
favorable para el candidato demócrata, quien
se limitó a mostrarse como un joven atildado
e idealista, lleno de ímpetu y
esperanza.
Nixon,
por el contrario, había sido dos veces
vicepresidente de la Nación en la
gestión de Dwight Eisenhower y
retornaría años más tarde a la
Casa Blanca como presidente. Pero en esta
ocasión perdió la batalla
mediática contra Kennedy por una
multiplicidad de factores, entre ellos, que
especificó sus propuestas y ofreció
los aspectos técnicos de su
programa.
Nixon
recordó la contienda al escribir sus
memorias. Alejado de la política y sin
necesidad de ocultar su pensamiento profundo,
disparó: Apunté a conectarme
con los votantes, pero me encontré con que
todos se comportaban como un público
adolescente.
¿Los
ciudadanos quieren información pura y
directa o prefieren el circo romano que ofrece la
campaña electoral moderna? Si los candidatos
hablaran con crudeza de sus propuestas de gobierno,
¿el votante acudiría a las urnas o
huiría a refugiarse en una caverna como la
que imaginó Platón?
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