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Crónica
de Rusia
por
Sara Nso
colaboradora
de Adelante
Uno no
sabe qué esperar de un viaje organizado a
Rusia, precisamente porque uno no sabe qué
esperar de ese país inmenso que se extiende
más allá del Cáucaso, ni de
sus siempre lejanos, silenciosos
habitantes.
No hay
noticias a este lado del continente que nos hablen
de lo que les preocupa, o lo que les hace
reír, cuáles son los valores en que
educan a sus hijos, o qué es lo que piensan
de lo que sucede más allá de sus
fronteras.
Por eso nada nos haría
sospechar, cuando nos disponíamos a
emprender nuestro viaje hace unas semanas, que el
encuentro con sus gentes nos haría sentir
como el explorador que, tras descubrir una tribu
perdida en la selva virgen, regresa a su mundo
sigilosamente, andando sobre sus pasos, para que
nada perturbe la vida de los
lugareños.
Nuestro
viaje dio comienzo en Moscú, que
aparecía como una ciudad fantasma.
Con sus amplias avenidas, por las que circulaban
atropelladamente coches destartalados y otras
antiguallas, sus edificios renegridos y sus
monumentos titánicos; las calles de
Moscú, triste legado de la Rusia
soviética, están construidas para
engullir al viandante.
Ésas
son las mismas calles, los mismos edificios que ya
se erigían ahí hace más de
cincuenta años, sólo que hoy en
día se han convertido en el decorado
raído y cubierto de polvo de una obra
olvidada.
El tiempo
parece haberse suspendido en ellos, provocando en
el que los observa la extrañeza del que
descubre una choza abandonada precipitadamente en
la huida, en la que han quedado el plato de sopa
humeando sobre la mesa y el caldero en el
fuego.
Pero la
ciudad no está muerta, ni mucho menos. En
ella hay un hormigueo continuado de vendedores
ambulantes, guardias que visten pesadas casacas y
gorros de piel de conejo para protegerse del
frío, escolares cubiertos con chaquetas
descoloridas que probablemente han heredado de sus
hermanos mayores, obreros que trabajan en los
alcantarillados, ancianas que retiran la nieve de
las aceras con enormes palas de metal y contados
ejemplares de ese espécimen extraño y
absurdo que es el turista, sepultado bajo cientos
de prendas de abrigo totalmente
inútiles
Gente que va y viene, gente
que solamente está ahí, sujetando con
el peso de su cuerpo alguna esquina. La viva
presencia de sus manos descubiertas y sus rostros
frágiles salpica el gris de la
ciudad.
Hay,
además, un retal lleno de color en el
corazón de Moscú. La Plaza Roja, al
pie de las murallas del Kremlin y custodiada
por las caprichosas formas de la catedral de San
Basilio, es sin duda uno de los lugares con
más encanto de la ciudad, en el que la
historia revolucionaria se enreda con la
arquitectura amable de unas modernas
galerías comerciales, y el silencio en torno
al mausoleo de Lenin es invadido desde uno de los
costados de la plaza por el escándalo de la
calle principal, en la que bulle el denso
tráfico de las últimas horas de la
tarde.
Sí,
Moscú es una ciudad viva y
entrañable. Al cabo de un par de
días, hasta los rostros de los moscovitas
comienzan a parecernos familiares. Sin embargo, hay
algo en ellos que escapa a la imagen habitual del
ciudadano europeo.
Recuerden que esto es
Rusia, no somos como los occidentales, nos
recordaba pacientemente el guía
lugareño, cuando le interrogábamos
acerca del sistema de transporte público o
de la inexistente oficina de turismo.
Y, en
efecto, los moscovitas no son como nosotros, los
occidentales. Son gentes que luchan por dejar
atrás una historia reciente que les ha
anulado. Y lo hacen aferrándose a las viejas
costumbres rusas, a sus celebraciones populares, a
la vida familiar y a un profundo sentimiento de
patriotismo, que muchos de nosotros no profesamos
por nuestros países. Porque Rusia es mucho
más que las ruinas del comunismo, con las
que ya nadie se identifica. Rusia son los rusos
que, a pesar de contar con más de 30
establecimientos de McDonalds en su
capital, nunca formarán parte del mundo
occidental, al que aún hoy no acaban de
entender. ¡Recuerden! Esto es Rusia,
señores
¡Ojalá que lo
siga siendo por muchos años
más!
Sara
Nso es una periodista española viviendo en
Navarra, España. Ella vivía en
Columbia en los años 2000-01 y es unos de
los escritores fundadoras de
Adelante.
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