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Varios
soldados observan los cuerpos de cinco rebeldes de
las FARC, en San Rafael, el 10 de Marzo. De acuerdo
con el ejército, los rebeldes fueron
eliminados cuando trataban de hacer explotar un
puente de la región. (Luis
Benavides/AP)
Francisco
Ugarte
EL
28 DE febrero del 2002 Gilberto Torres,
secretario general del Sindicato de Trabajadores de
Petróleo, Unión Social Obrero (USO)
fue secuestrado cuando regresaba a casa
después de su jornada laboral. Hoy nadie
sabe de su paradero. La última
víctima de una serie de secuestros a
miembros del Sindicato de trabajadores de
Petróleo fue Aury Sara Marrogo, cuyo
cadáver se encontró con muestras
aparentes de tortura.
Sara era
uno de los 159 sindicalistas asesinados en Colombia
en el 2001 y uno de aproximadamente 4,000
asesinados desde 1986. Colombia se considera el
lugar más peligroso del mundo para
sindicalistas. La gran mayoría de estos
crímenes han sido ejecutados por la
Autodefensas
Unidas de Colombia
(AUC),
organización paramilitar de derecha,
considerada por el gobierno de los Estados Unidos
como un grupo terrorista.
La
violencia colombiana que ha dejado más de
40,000 muertos en diez años está
estrechamente conectada con la crisis
económica del país cuyos efectos se
ven en el alto nivel de desempleo (20 % de la
población) y la gran cantidad de personas
que viven en la miseria (55 %).
La crisis
se ha visto agravada por la política
económica del Banco
Mundial
y el Fondo
Monetario Mundial,
que obliga al gobierno a suspender los beneficios
sociales, garantizados por el gobierno colombiano
desde hace una década.
Un caso
particular es el de Barrancabermeja, donde se
encuentra Ecopetrol, una refinería estatal
con ganancias de más de 2 billones de
dólares al año. Pero la
mayoría de los dividendos, más de dos
terceras partes, se van a las arcas de las empresas
multinacionales. Además, tales empresas
están en proceso de cambiar la
proporción de las ganancias
llevándose un 90 % y dejando sólo un
10 % al gobierno.
USO y
otras organizaciones locales se han resistido a la
economía neoliberal de Barrancabermeja. De
hecho, los sindicatos han organizado huelgas, en
contra de la privatización. En muchos casos,
ellos han tenido éxito. Sin embargo, el
año pasado, después de los 11
asesinatos de líderes sindicalistas y las
continuas amenazas contra miembros de las
organizaciones laborales, mucha gente se ha
retirado.
A pesar
de la presencia de tres bases militares en
Barrancabermeja, el año pasado, no hubo
ninguna confrontación entre las fuerzas
armadas colombianas y los paramilitares. Sin
embargo, en 1998, un grupo paramilitar cruzó
un retén establecido por el ejército
y mató a siete personas. Los altos mandos
militares de Colombia no ofrecieron ninguna
explicación por su falta de
acción.
Barrancabermeja
es sólo una de las muchas ciudades en donde
el orden público apenas existe. En toda
Colombia, sindicalistas de todos los sectores han
sido y siguen siendo víctimas de asesinatos,
casi todos a manos de la AUC.
No
obstante, el Informe sobre los Derechos Humanos
preparado por el Departamento de Estado de los EE
UU del 2001 cita algunos casos, en los cuales las
fuerzas armadas colombianas han colaborado con los
paramilitares en cometer abusos contra los derechos
humanos.
Cuando
viajé a Barrancabermeja, comprobé la
existencia de tales abusos. Las víctimas le
contaron todo a Acción Permanente Por la
Paz.
Afortunadamente,
ahora hay mayor conocimiento de la situación
colombiana por parte de la comunidad laboralista
internacional.
Algunos
sindicatos norteamericanos como los de las
industrias de acero, energía y
minería han condenado al gobierno colombiano
por abusos a los derechos humanos. John Sweeny,
presidente del sindicato más numeroso de EE
UU (AFL-CIO), asimismo, ha denunciado las matanzas
de sindicalistas colombianos.
Mientras
la comunidad internacional se preocupa cada vez
más por la situación crítica
en Columbia, los Estados Unidos sigue brindando
apoyo financiero y militar a este país,
manifestado en el Plan
Colombia.
Adicionalmente,
el presidente Bush ha recomendado aumentar 83
millones de dólares a este plan
además de los fondos ya enviados
para proteger un oleoducto de la empresa Occidental
Petroleum contra ataques de la guerrilla. Dicha
recomendación representa un cambio
fundamental en la política de EE UU frente a
Colombia. Antes era apoyar la lucha contra el
narcotráfico ahora es ayudar
contra la insurgencia y la
protección de inversiones petroleras
estadounidenses.
Está
claro que el apoyo militar de EE.UU a las fuerzas
armadas colombianas vinculadas con los
paramilitares no es el camino hacia la paz ni menos
a la seguridad. EE UU debe abogar por una paz
negociada entre el gobierno y la guerrilla. Antes
de proveer mayor apoyo militar, habrá que
confirmar el compromiso del gobierno colombiano
de palabra y de hecho para acabar con
el conflicto militar y asegurar la seguridad a
todos sus ciudadanos.
Francisco
Ugarte, ex residente de Columbia, Mo., y graduado
de Hickman High School, participó
recientemente en una delegación de Testigos
por la Paz y Global Exchange. Él pasó
diez días entre Bogotá, la capital de
Colombia, y Barrancabermeja, una ciudad ubicada en
el corazón del conflicto.
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