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Residentes de la Barranca del Cobre pelean por sus tierras, imitando a la lucha de los zapatistas de Chiapas. (Rebecca Rivas/Adelante)

Indígenas mexicanos luchan por su tierra

por Rebecca Rivas
reportera de Adelante

LA LAGUNA, CHIHUAHUA, México — Perfecto empezó a escalar un árbol, cuyo grosor no era mayor que el de una lata de café, con sus viejas sandalias puestas. Rama por rama, Perfecto, 77, subió el moribundo pino. Cuando llegó a la copa, empezó a cortar con su hacha las ramas muertas que impedían el ondear de la bandera. La bandera, una vieja bolsa de frijoles blanca amarrada a un árbol cercano, marcaba la tierra que les pertenece. La Laguna es la tierra de los Tarahumaras, los indígenas de Chihuahua, México.

Perfecto Gutiérrez González y su comunidad conocen la forma y delimitaciones de su tierra no por los cercos, sino por las piedras y ríos. Las secas montañas cubiertas de pinos han sido parte de su sangre por siglos. Cuando era más pequeño, Perfecto vestía trajes tradicionales y sandalias y, en el invierno, pasaba las noches en cuevas con su tribu. Los Tarahumaras, o Raramuri como se llaman a sí mismos, caminaban libremente sobre más de 9,000 hectáreas de tierra. Pero ahora, según ellos, la tierra de su comunidad, La Laguna, ha sido repartida y explotada.

El 10 de abril, más de 180 Chihuahuenses —Tarahumaras y otros simpatizantes de regiones cercanas— se reunieron en La Laguna para reclamar su tierra, la cual fue ilegalmente vendida a un grupo privado. En la década de los 40, alrededor de 800 hectáreas fueron vendidas a la familia Fierro sin el permiso de la comunidad. Antes de 1995, la ley requería que hubiese un consenso en la comunidad para poder vender tierras de los ejidos —o la tierra concedida por el gobierno mexicano en los años 30—. El sistema de ejidos fue creado después de la revolución mexicana para de esta manera poder distribuir las tierras entre los campesinos.

Por muchos años, esta tierra no fue reclamada, hasta que en 1995, Juan Oliver Fierro recibió autorización judicial para acceder libremente a estas tierras. Pero para la comunidad, La Laguna no es sólo un pedazo de terreno, sino una fuente importante de agua y madera. Su protesta es simple: desde el 10 de abril, los habitantes de La Laguna han subido a los cerros todos los días para marcar las fronteras de su ejido. La primera noche, más de 100 personas durmieron afuera, en un campamento.

Con la ayuda de Frente Democrático Campesino y otros grupos de derechos humanos, los Tarahumaras han tomado acción para defender su suelo. Los artículos 14 y 15 de la Constitución mexicana protegen los derechos de los indígenas en relación con estas tierras. Ellos están intentando usar una ley, cuya existencia ignoraban, dijo Jesús Emiliano, un representante del Frente.

Su movimiento coincidió con la más conocida lucha de los zapatistas en Chiapas en 1994, cuando varios grupos indígenas tomaron conciencia de sus derechos territoriales. En el Acuerdo de Paz de San Andrés de febrero 1996, el gobierno mexicano reconoció la autonomía de los indígenas. Sin embargo, el gobierno decidió, en el mismo año, descartar los acuerdos debido a la presión del Banco Mundial y corporaciones extranjeras. Funcionarios mexicanos ignoraban los derechos territoriales de los indígenas para así poder extender negocios extranjeros. La Laguna, como otras comunidades indígenas mexicanas, está luchando con cada ley que pueda usar.

El 17 de abril, Juan Oliver Fierro y varios miembros de la comunidad se reunieron en la ciudad de Chihuahua, capital del estado, para llegar a un acuerdo: Fierro venderá la tierra si el gobierno se compromete a pagar por ella.

Ramiro Lozano González, uno de los principales organizadores de la protesta en La Laguna, explicó que los representantes del gobierno están esperando una respuesta de la comunidad antes de empezar las negociaciones. Pero hasta el momento, las Tarahumaras sólo tienen la promesa del gobierno.

“No vamos a salir hasta que todo esté completo”, dijo González. “Si salimos, perdemos”.

Perfecto atendió la junta en la capital. Para él es difícil ir a la ciudad. “No tenemos dinero para ir a Chihuahua”, dijo.

Cuando Perfecto era joven, sólo los trabajadores —los leñadores— tenían dinero suficiente para comprar vestimenta. En el verano, construían cabañas, en donde cinco o más personas dormían. Muchas cosas han cambiado, pero otras tantas han quedado igual. Perfecto todavía duerme en una cabaña con su esposa de 52 años, trabaja cada día cortando madera.

Perfecto conoce el nombre de cada árbol y de cada planta en la sierra. “Pones las hojas de la planta de manzanilla y tazcati (o pino en Tarahumara) en agua caliente para curar la tos”, explicaba. Las hojas del madrino son gruesas y duras y él las usa para beber agua del río. Los árboles proveen madera para confeccionar artesanías y estufas.

Como muchos otros, Perfecto vive en un rancho con menos de 100 personas, donde siembra frijoles y maíz. Su cara morena curtida es muestra de los muchos años de trabajo bajo el sol abrasante. Madriano Batista Rees, otro de los campesinos, pesca en el río cada año. “Es como un baile. Los peces bailan en círculos, dando vueltas. Están bailando contigo”.

Perfecto y Madriano saben que esta tierra y su continua lucha son tan importantes como su sangre. Perfecto, parado al lado de una fogata en el campamento, dijo, “Es donde vivimos. Es nuestra vida”, mientras contemplaba el atardecer. “Es un momento triste. Mañana regreso a mi casa, y no he estado allí por dos semanas”. Le toma cuatro horas llegar a su casa en el rancho de Nerochachi.

“Voy a regresar al campamento. Es así. Mañana es un nuevo día”.

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