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II
Foro Social Mundial de Porto Alegre
Mariana
Moyano
EL
ATENTADO CONTRA las Torres Gemelas y el
estallido social en la Argentina sacó a los
distraídos del letargo en el que se
encontraban. El 11 de septiembre se
convirtió en una fecha bisagra y desde ese
día ya nadie puede mirar para otro lado
porque ha quedado claro para todos que lo que
ocurre en tierras lejanas tiene
repercusión allí mismo donde uno
está parado. La Argentina fue durante una
década la alumna más aplicada en las
clases que dictaban los organismos internacionales
y cada vez que pudieron la elevaron al lugar de
ejemplo a seguir por el resto de los países
del llamado Tercer Mundo; era el espejo en el que
esos estados debían mirarse. Pero la
virulencia de estas dos explosiones corrieron el
velo detrás del que muchos habían
querido ocultarse durante años. La lava que
circulaba por los ríos subterráneos
de la realidad social encontró un hueco y
salió y su violencia acabó con la
inocencia de quienes pretendían que nada
estaba sucediendo. Estos dos hechos que no
son, por supuesto, los únicos pero sí
claramente representativos impregnaron de
gravedad todos los niveles de la política
mundial y este mismo espíritu
recorrió el II Foro Social Mundial que tuvo
lugar en la ciudad brasileña de Porto
Alegre.
Más
de 60 mil personas de todos los rincones de la
Tierra se reunieron para verse las caras por
segunda vez. Pero en esta oportunidad, ya no se
trató de un encuentro catártico o de
contención política. La urgencia de
los tiempos que corren hizo madurar de golpe a
más de uno y se instaló la necesidad
de pasar del regodeo de la queja al esfuerzo por
crear concretamente ese otro mundo
posible.
Um
outro mundo é possível (otro
mundo es posible), fue el leit motiv del Foro y
estuvo impreso en cada uno de los volantes y
carteles de Porto Alegre, al que el jingle del
encuentro le aportaba si a gente quizer
(si la gente quisiera). Y más de uno se
preguntaba en voz alta si acaso la gente
querría. No se trataba de escépticos
sino de prudentes realistas que no querían
que el Foro se convirtiera sólo en una suma
de buenas voluntades. Acaso fue Terraviva, el
diario independiente del Foro, el que pudo
sintetizar una reflexión que fue tomando
forma con el correr de los días en Porto
Alegre. En su portada decía una verdad que
por simple no dejaba de ser poderosa: Another
world is possible, escribieron y agregaron:
but it takes a lot of work.
Se
trata de una fiesta, decían con una
gran dosis de burla los sectores más
reaccionarios de la política y los medios de
comunicación. Y es probable que tuvieran
razón: fue una fiesta, pero no de aquellas
en que los invitados realizan una suerte de
escapismo de la realidad, sino de esas en las que
se celebra el encuentro. La sensación estaba
en el aire: el neoliberalismo había hecho
muy bien su trabajo y había fragmentado
todas las relaciones sociales y en esa
fiesta estaban comenzando a rearmar ese
tejido social destruido. La sensación estaba
en el aire y junto con ella una frase del
subcomandante Marcos del EZLN mexicano que se
convertía en respuesta perfecta.
Necesitamos un, dos, tres, muchos encuentros
para poder construir ese camino, si es que existe y
si no existe, pues cuando menos nos divertimos
bastante cuando tratamos de encontrarlo y no
estamos matando a nadie de aburrimiento, es una
forma fea de morir, había dicho, con
ironía, el encapuchado durante el I
Encuentro por la Humanidad y contra el
Neoliberalismo en México en 1996,
reunión que podría considerarse el
embrión de lo que ya se instaló en
Porto Alegre.
Del mismo
modo que el Foro Social Mundial puede ser
considerado hijo de aquellos encuentros zapatistas,
también tiene relaciones filiales con las
protestas de Seattle y las que sucedieron a esta.
Pero en esta oportunidad el discurso
globalifóbico, tan receloso de liderazgos,
representaciones y políticos,
pasó a un segundo plano. Probablemente
porque la mayoría de los estuvieron en Porto
Alegre entre el 31 de enero y el 5 de febrero de
2002 cayeron en la cuenta que sin
organización y sin construir una alternativa
es difícil por no decir
imposible enfrentar al que han elegido como
enemigo, es decir, el discurso único del
neoliberalismo que se adueñó de todo
tanto a nivel económico como
cultural.
En este
sentido, la cuestión del poder circulaba por
todos los rincones del Foro. La delicada
discusión acerca de la toma del poder no se
planteó abiertamente salvo en las mesas de
una especie de Foro paralelo bastante
crítico del oficial del que
participaban las organizaciones más
radicalizadas. De todas formas, pese a que no se
hablaba explícitamente de la
temática, sí se dijo en varias
oportunidades que ya no alcanzaba con la actitud
testimonial de mostrar la oposición. Era
momento de pensar acciones y políticas
concretas; de ver de qué modo
específico se realizaba la
redistribución de riquezas de la que tanto
se ha hablado; de aprender a gestionar un Estado;
de conocer cómo son las experiencias
concretas de sindicalismo combativo; de saber
cuáles son las trampas del actual sistema
tributario y fiscal; de ser conscientes de
cómo dan cuenta de la realidad los medios
del poder económico y de saber qué
cambios deben operarse en los partidos
políticos para que la ciudadanía deje
de desconfiar y vuelva a ellos.
Comunistas
de toda estirpe, militantes
antiglobalización, organizaciones no
gubernamentales, intelectuales, partidos de
izquierda y de centro izquierda, profesionales,
sindicatos, ambientalistas, jóvenes,
indígenas y minorías que sienten la
discriminación a cada momento formaban parte
del gran abanico social y político que se
dio cita en Porto Alegre. Frente a tal
heterogeneidad no hay que ser muy perspicaz para
darse cuenta que lograr coincidencias y un camino
común no va a resultar sencillo. Pero a
diferencia de encuentros anteriores caló
hondo la idea de que la fragmentación, el
enfrentamiento y el internismo son mucho más
funcionales al estado de cosas que la posibilidad
de formar un frente común, un espacio que,
sin convertirse en un partido político,
pueda enarbolar los objetivos comunes sin que estos
anulen las diferentes identidades.
El
discurso antiglobalización de etapas
anteriores dejó paso a otro que pone el
acento no sólo en la resistencia sino en la
propuesta. Los objetivos centrales son aún
amplios pero marcan una tendencia: que se condonen
las deudas externas, ejercer presión para
que los gastos armamentísticos se conviertan
en inversión para salud, vivienda,
alimentación y educación, la puesta
en práctica de la llamada tasa Tobin a las
transacciones financieras y la movilización
permanente para que la economía se ponga, de
una vez, al servicio de las personas.
Al debate
sobre las economías más pobres se
sumó otra discusión acerca de un
tema, incluso, más escalofriante: el
militarismo que sufre hoy el planeta y la escalada
de violencia tanto guerras como
represión que pronostica la
mayoría de los analistas. Así, la
casi siempre caprichosa combinación de
cifras circuló por las mesas, los talleres y
las conferencias en forma de pregunta
retórica: ¿a alguien puede parecerle
bien que se gasten por día 800 millones de
dólares en armas cuando 30 mil niños
mueren en el mismo lapso a causa del hambre y la
pobreza?
El juego
comenzó y en un año, en la misma
ciudad, podrá hacerse un balance de lo
realizado por cada organización en sus
lugares de funcionamiento. A modo de
afirmación pero también de
desafío, el intelectual Samir Amin
aseguró que si no se rompe la
fragmentación de los que nos oponemos al
neoliberalismo, el enemigo será siempre
dominante. A partir de ahora, los que se
reunieron en Porto Alegre deberán demostrar
si encontraron las grietas para hacerle daño
al monstruo al que se enfrentan, si están en
condiciones de trabajar todo lo que hace falta para
que ese otro mundo sea, efectivamente,
posible.
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