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“Caceroleros” armados hasta los dientes con cucharas de madera y tapas de ollas derrocaron en la Argentina a dos presidentes en una semana.

Las cacerolas no dejaron de sonar
Los argentinos siguen usando los cacerolazos como medio de protesta contra el presidente provisorio Eduardo Duhalde

Mariana De Maio

“SI YO ROBO un banco, voy preso y soy un delincuente. Si un banco me roba a mí es un corralito y es un asunto de estado” se leía en un cartel en uno de los cacerolazos.

Desde el segundo gobierno de Menem, cuando ya se habían rematado las empresas estatales, el plan económico de la equivalencia del peso y el dólar había entrado en crisis en la Argentina.

El ineficaz gobierno de la Alianza, con De la Rúa como presidente, no pudo remediar esta crisis. Las medidas económicas (el corralito) que no les permitieron a los ciudadanos sacar más de 250 pesos semanales de sus cuentas de ahorro en los bancos y sobre todo el congelamiento de los fondos ahorrados en plazos fijos fueron el detonante para la explosión de lo que se habló en los medios de comunicación de todo el mundo a partir del 20 de diciembre pasado.

Para imaginarse quienes protestan por las calles de la ciudad, se debe pensar por ejemplo en una familia que decidió colocar en una cuenta a plazo fijo su dinero en dólares recibido de una indemnización al haber perdido el empleo y que vive dificultosamente de los intereses de ese ahorro, o en una pareja que con esfuerzo ahorraba para adquirir una humilde vivienda ya que los créditos hipotecarios tienen intereses usureros, o en los jubilados que decidieron vender su casa para adquirir una más pequeña y vivir del ahorro porque su miserable sueldo no le alcanzaba para cubrir ni siquiera los medicamentos.

Al grito de “se va a acabar, se va a acabar, esta manera de robar”, las cacerolas sonaban con estruendo y sin parar por todo el territorio nacional, y forzaron la renuncia del ex presidente Fernando De la Rúa, no sin antes desatar una sangrienta represión que dejó un saldo de 20 muertos. Así terminó el gobierno de la Alianza y comenzó la odisea de cuatro presidentes en menos de 15 días. Pasaron por el sillón de Rivadavia, Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saa y Eduardo Camaño, hasta que asumió, después de ser elegido por la Asamblea Legislativa como marca la ley de acefalía, el actual presidente provisional, Eduardo Duhalde.

Lo que pasa últimamente muestra que el gobierno de Duhalde es muy débil. La gente sigue insatisfecha con la situación económica y social, enojada y encolerizada porque fue defraudada y estafada y, todavía no puede aceptar que sus derechos, como ciudadanos de una república que se dice democrática sean avasallados.

Las cacerolas no han dejado de sonar desde la asunción de Duhalde. La misma noche de su nombramiento hubo reclamos aislados pidiendo que se llamara a elecciones. El reclamo político señala que Duhalde fue el candidato que perdió con el ex presidente De la Rúa y no es representativo del pueblo Argentino. El pueblo en los “cacerolazos” grita “Yo no lo vote, yo no lo vote”, o lleva carteles que dicen “mafiosos afuera”, “nadie los votó: ¡Elecciones YA!”.

También hay otro reclamo genuino, el pueblo argentino pide la renuncia de los miembros de la Corte Suprema de Justicia. Esta corte está integrada por amigos y ex socios de Menem que decidieron liberarlo hace pocos meses cuando fue acusado de asociación ilícita en el contrabando de armas (en el conflicto Ecuador-Perú). En este momento el Congreso comenzó el proceso de juicio político a todos los miembros de la Corte Suprema.

Esta medida económica del “corralito” no afecta sólo a la clase media y media alta sino también a los sectores más bajos, como en el caso del plomero y gasista de 51 años, Jesús Ventura, que a causa del corralito se quedó sin trabajo —ya que nadie repara nada— y cuando lo tiene, le pagan con cheques que no puede cobrar. También están las personas que no tienen contratos legales de trabajo, por lo tanto no pudieron abrir cuentas bancarias para cobrar sus sueldos; los desocupados que recogen cosas viejas de la basura para luego venderlas y que vieron desaparecer su mercado; los cartoneros que recogen el papel para reciclar y que vendían al contado su colecta vieron desaparecer la posibilidad de hacerlo. Esto y el arrastre de la crisis económica fueron la causa de los saqueos y es, aún hoy, la de los pedidos de comida frente a los grandes supermercados de familias enteras que dejaron de recibir el magro aporte diario.

Víctor De Genaro, dirigente de un grupo de gremios independientes, entre los que se encuentran maestros, los empleados estatales, los trabajadores de prensa, etc., señala que mientras no haya soluciones para los más pobres y para los marginados no habrá solución para todos los argentinos.

Pero el gobierno sigue sin respuestas concretas y el vacío de poder, la falta de liderazgo y la desconfianza se están haciendo notar. La respuesta más fácil es la represión, o la aplicación de la ley, tan rigurosamente que arrestaron a un grupo de personas por escribir en la puerta de un banco “se roba de 9 a 14 horas” (horario de atención al público).

Los argentinos siguen buscando alternativas pacíficas e ingeniosas para efectuar sus reclamos, pero sobre todo para lograr respuestas a ellos y, mientras no las hay, las cacerolas seguirán sonando....

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