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De
la Editora...

Tracy
L. Barnett
LA
DEMANDA EN contra de Tyson Foods fue asombrosa.
Seis funcionarios, incluido un vicepresidente de la
compañía, fueron acusados de
colaborar en el reclutamiento de trabajadores en
México, facilitarles documentación
falsa y contratarles en sus procesadores de
pollo.
Los
inmigrantes mexicanos han llevado la carga de una
injusta política migratoria durante
más de un siglo, desde que Upton Sinclair
escribió en el clásico La
Selva sobre las condiciones inhumanas de
trabajo en las empacadores de carne. De alguna
manera , nada ha cambiado. La economía
más poderosa del mundo fracasaría sin
la fuerza laboral barata de los inmigrantes, a
cambio de pocos derechos o beneficios. La
migra finge controlar la
inmigración, deteniendo y deportando a unos
pocos.
Entretanto,
los mantiene fuera de la ley y les obliga a vivir
con el miedo de ser descubiertos. Los inmigrantes
indocumentados no están predispuestos a
protestar cuando son maltratados, ni tienen la
posibilidad de unirse a un sindicato para conseguir
mejores sueldos o condiciones laborales.
Pero el
caso de Tyson fue una sorpresa. Esta vez, la misma
compañía y sus ejecutivos, no
sus obreros estaban pagando el precio de un
sistema inconsistente e
hipócrita.
Pero eso
fue hace dos meses. Ahora los titulares relatan una
historia diferente.
El mes
pasado, Tyson Foods reportó un incremento
enorme en sus ganancias. Compró la
gigantesca compañía IBP Inc.,
adquiriendo casi 25% del mercado nacional de carne.
Y recompensó al presidente, John Tyson, con
una prima de $2.1 millones por encima de su sueldo
de $650,000.
Si son
declarados culpables, los ejecutivos acusados
quizás tendrán que pagar una multa,
pero es casi imposible que sean
encarcelados.
Entonces
parece que habrá un final feliz para Tyson.
Pero no seguirá siendo la misma historia
para los vienen a dar sus esfuerzos en una sociedad
esquizofrénica que les envía un
mensaje mezclado: Queremos su mano de obra barata,
pero no los queremos a ustedes.
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