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No
llores por mi Argentina (todavía)

Luis
Brunstein
ARGENTINA,
UN PAÍS de 36 millones de habitantes,
localizado al sur del continente americano, ha
estado en las tapas de todas las secciones
internacionales de noticias de los principales
diarios del mundo durante el último mes. La
pregunta es: ¿Por que?
Explicar
los últimos eventos que han sido las causas
de la situación actual es un buen comienzo
para explicar el por que. En 1989 el entonces
presidente Raúl Alfonsín fue forzado
a renunciar unos meses antes de la
finalización de su mandato porque el pueblo
estaba descontento con la situación
económica. El país estaba viviendo un
período de hiperinflación, los
precios de los productos más básicos
de la canasta familiar se habían
incrementado mucho más que los salarios, y
esto generó saqueos de supermercados porque
mucha gente no podía pagar por sus
necesidades básicas.
El
sucesor de Alfonsín fue Carlos Saúl
Menem, del populista Partido Justicialista,
más conocido como peronista. Menem
inmediatamente abandonó sus promesas de
campaña sobre la creación de
más puestos de trabajo y de invertir en
programas sociales y simultáneamente se
comprometió a combatir la
inflación.
Menem
invitó a Domingo Cavallo, un economista
graduado de la universidad de Harvard, para
implementar un intercambio de moneda fijo. Este
plan obligó al Banco Central a cambiar un
dólar por un peso quitándole la
libertad de imprimir dinero. Esta política
le quito al gobierno la posibilidad de imprimir
dinero para satisfacer sus necesidades
políticas y generar así altos niveles
de inflación. A mediados de los noventas la
inflación estaba controlada pero el gobierno
no triunfó con la creación de las
condiciones económicas necesarias para
generar más empleos en el sector privado. Al
mismo tiempo el gobierno vendió las empresas
estatales pero no reguló el comportamiento
de las mismas una vez privatizadas. Esto es
equivalente a atribuir poder monopólico a
manos privadas.
El
gobierno de Menem pudo controlar la
inflación, mayormente deprimiendo la demanda
doméstica, pero simultáneamente
sumergiendo al país en una
contracción económica que afecto a
todos, especialmente a la clase media. En 1999 el
partido de Menem perdió las elecciones
frente a una coalición de partidos (la
Alianza) que llevaba a Fernando De la Rúa
como presidente. Las políticas del nuevo
gobierno no fueron muy diferentes a las anteriores.
Los niveles de desempleo continuaron creciendo,
alrededor de 18% de acuerdo a las cifras
oficiales.
En
Diciembre de 2001 el país estaba enfrentando
cuatro años de contracción
económica, en realidad una depresión,
con el desempleo aumentando todos los días
junto con la cantidad de gente debajo de la
línea de pobreza. La única respuesta
oficial a la crisis del país fue continuar
reduciendo los gastos del gobierno y utilizar el
excedente del presupuesto para cumplir con las
obligaciones de la deuda externa. Desde el punto de
vista de la mayoría de la gente esta
política fue equivalente a no responder a
sus problemas. El modelo económico se
había agotado.
La
inestabilidad social estaba ya presente en la forma
de protestas cotidianas en las calles de las
ciudades más grandes del país. Yo fui
testigo de muchas protestas cuando visite Buenos
Aires en Junio de 2001. Pero ninguna de estas
protestas fueron tan masivas como las que se han
visto en televisión
últimamente.
En
Diciembre de 2001 el gobierno de De la Rúa,
siguiendo la idea de Cavallo, impuso una
restricción en la cantidad de dinero la
gente podía extraer de sus cuentas
bancarias. El fin del intercambio de moneda fijo,
la equivalencia de 1 dólar =1 peso fue
inminente. El gobierno necesitaba devaluar la
moneda para que las exportaciones del país
fuesen más atractivas para el resto del
mundo. Como consecuencia, aquellos que
tenían depósitos en pesos
querían sacar su dinero de los bancos para
cambiarlos por dólares antes de la
devaluación. El gobierno dijo que si todo el
mundo hacía esto el sistema bancario
colapsaría y todo sería un caos.
Entonces, se impuso un límite en la cantidad
de dinero que la gente podía sacar de sus
cuentas bancarias.
No hace
falta decir que esta acción fue la gota de
agua que desbordó el vaso. Esto fue
literalmente la expropiación de los bienes
de la gente. Sumado a esto, el gobierno
agregó la siguiente condición: si una
persona saca dólares de su cuenta bancaria
sólo los podrá retirar en forma de
pesos a un cambio más bajo que el valor de
libre mercado del dólar.
En otras
palabras, si usted tenía un dólar en
una cuenta bancaria antes de la devaluación
usted podría haberlo sacado y cambiado por
un peso y usarlo. Ahora el banco le dará 1.4
pesos por su dólar pero el valor del
dólar en el mercado libre es alrededor de
1.8 pesos. Entonces usted pierde su poder
adquisitivo. Usted tiene que pagar la
devaluación. Sus ahorros han perdido
automáticamente parte de su
valor.
Esta
limitación financiera no afectó
directamente a la gente cuyos ingresos están
por debajo de la línea de pobreza, alrededor
del 30% de la población, o a la gente que ha
estado desempleada por un largo tiempo, alrededor
del 15% de la fuerza de trabajo. Esta medida
afectó masivamente a la clase media. Ellos
son los que sintieron que les metían una
mano en el bolsillo y por eso la clase media
salió masivamente a protestar. La
pequeña y mediana empresa, los
profesionales, los vendedores, esos con algunos
ahorros que necesitaban acceso a ellos para pagar
sus cuentas, que compraban artículos
importados para manejar sus negocios, para comprar
partes de computadores, para viajar, etc. Pero
ellos no están solos, las clases bajas, los
marginados sociales que no tenían apoyo se
han sumado a las protestas. Las clases medias y
bajas están actuando en forma
conjunta.
Lo que
vemos hoy en televisión, esas
imágenes de miles de personas golpeando
cacerolas en las calles de las ciudades más
importantes de la Argentina son en su
mayoría gente que está demandando que
se acabe la medida de restricción bancaria,
un nuevo plan económico que cree mas
trabajos, pelear la pobreza, el crimen, la falta de
educación, y erradicar la corrupción
de los cargos políticos, y así acabar
con la falta de esperanza en el futuro. Y muchos
están demandando la repatriación de
las empresas públicas vendidas durante el
gobierno de Menem, porque no están
trabajando mejor bajo las manos privadas que bajo
las manos del estado.
Pero
desafortunadamente para ellos el país
está en una situación difícil
para satisfacer sus demandas. El estado está
quebrado, ha declarado que no pagará la
deuda externa por ahora, esta en moratoria de
pagos, y no puede cambiar las restricciones
financieras porque eso puede llevar a un colapso
financiero. Con la historia de Argentina
detrás, los años de crisis y la
situación actual yo encuentro muy
difícil, sino imposible, encontrar una
solución, aun en teoría, o predecir
lo que va a suceder en los próximos
meses.
El
gobierno de Duhalde está enfrentando a una
oposición masiva. Para ganar la
aceptación del pueblo tendrá que
cambiar muchas de sus políticas y sufrir las
consecuencias de sus actos, pero es algo que yo
dudo que ocurra. Sin embargo, cualquiera que sea el
presidente de la Argentina tendrá que ceder
en las demandas de las masas o enfrentarse a la
constantemente creciente inestabilidad social que
vemos en la televisión hoy. Ceder a las
masas quizás no sea la mejor solución
a largo plazo, pero algún nivel de
compromiso tiene que haber para encontrar una
solución posible, y esto no ha sucedido,
todavía.
Luis
F. Brunstein es un economista argentino que vive en
Columbia. Su investigación se concentra en
los problemas de
Latinoamérica.
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