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Había
una vez un país

Alvaro
José Aurane
LA
CRISIS HA instalado su tienda de campaña
en la Argentina. La inseguridad todo lo llena.
Apenas si se puede vivir el día a
día. No hay forma de saber qué
pasará mañana. Y es sabido que pocas
condenas son tan terribles como las de imponer un
presente perpetuo. Su equivalente es privar a
alguien de la posibilidad, siquiera, de intuir un
futuro. Mucho más si ese alguien es un
pueblo. El infierno, dijo alguna vez Alfred
Hitchcock, es la imposibilidad de
razonar.
La gente
no sabe cómo encontrará el precio del
dólar a la mañana siguiente. Ni
siquiera si abrirán las entidades
crediticias, porque los feriados bancarios son una
constante. A veces para el cambio de divisas. A
veces para la acreditación de cheques
(clearing). A veces para operaciones
interbancarias. A veces para todo eso junto. Sin
previsibilidad, la confianza es una
utopía.
Los
políticos que tienen un cargo, en
cualesquiera de los poderes del Estado, sean
electivos o como funcionarios, no pueden salir a la
calle sin padecer la condena social. Los abuchean
en restaurantes, bares, shoppings, peatonales, o en
sus propias casas, a través de
manifestaciones que se dirigen hasta sus domicilios
y pintan la bronca con aerosol en los vidrios del
edificio, en la vereda y en la calle. Peor que no
tener dónde esconderse, es no encontrar
algún lugar para aparecer.
Los
periodistas, sobre todos los de prensa escrita,
sienten que las noticias se avejentan y caducan
desde el momento mismo en que se están
imprimiendo. El número de diciembre de la
edición mensual para el Cono Sur de Le
Monde Diplomatique tiene dos portadas.
Sí, así como suena. Una da cuenta de
que las manifestaciones conocidas como cacerolazos
(se golpean las ollas de cocina como instrumento de
protesta), acabaron con el ex presidente Fernando
de la Rúa. La otra, actualiza que, una
semana después, esa misma repulsa
acabó también con su sucesor, el
gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez
Saá, quien había asumido como
mandatario provisorio. Duró sólo
siete días, en contraste con los 18
años que lleva al frente del gobierno de su
provincia, un feudo en pleno tercer
milenio.
Precisamente,
en 10 días, la Nación más
austral del planeta (y no sólo en el sentido
geográfico de la expresión), tuvo
cinco presidentes. Los dos mencionados, el
presidente provisional del Senado, Ramón
Puerta; el presidente de la Cámara de
Diputados, Eduardo Camaño; y el actual
mandatario, Eduardo Duhalde. Un chiste
gráfico publicado en un matutino de EE.UU.
bromeaba con que las páginas del clima de
Argentina daban la temperatura, la humedad, la
presión atmosférica, el
pronóstico y el mandatario de
turno.
Conforme
pasan los días, se confirma que el tiempo es
esencialmente entrópico. La temida
anarquía parece abrirse camino desde el
fondo mismo de los tres poderes del Estado. La
Presidencia profundizó el
corralito (ver recuadro). El Congreso
comenzó a estudiar los pedidos de juicio
político contra la Corte Suprema de Justicia
de la Nación, ampliada en el gobierno de
Carlos Menem (1989-1999). El vocal que menos
pedidos de destitución tiene, acumula 11.
Pero la jaqueada Corte declaró
inconstitucional la retención de los
depósitos y exige la restitución de
los fondos.
Si lo
anterior ya resulta impensable, todavía
faltaba algo: tras la jugada de la Corte, el
Duhalde decretó que por seis meses no
podrán presentarse en la Justicia acciones
legales contra el corralito, que se
encolumnen detrás de la mencionada
declaración de inconstitucionalidad. Por
estas latitudes, los derechos apenas si se
declaman. De poder ejercerlos, dejó de haber
noticias hace ya bastante tiempo.
La gente,
sin contención alguna, está en la
calle golpeando las cacerolas. Todos los
días. Concentrada de a miles en la Plaza de
Mayo. O en grupos que cortan calles en las esquinas
de sus barrios. O desde sus balcones. Y quiere que
le devuelvan sus ahorros. Y que renuncie Duhalde,
que defiende el corralito y que no
surgió de elecciones populares, sino por
acuerdo de diputados y senadores. Y que renuncie la
Corte, aunque quiera devolver los depósitos,
porque la inculpa hasta en pancartas de haber sido
un apéndice corrupto de los gobiernos de
turno. Y que renuncien los actuales miembros del
Congreso, porque jamás cumplieron con su
papel de controlar a los presidentes para evitar
que concentren poder y constituyan gobiernos
hegemónicos. Hasta haber consagrado hoy este
estado de pre-capitalismo, en el cual los que se
reivindican neoliberales ni siquiera respetan la
propiedad privada.
Tan
necesario como hacer notar el convencimiento pleno
de la gente de que con estos políticos que
hoy gobiernan no habrá salida posible, es la
advertencia de que sin políticos tampoco
habrá una solución. Cualquier remedio
debe suministrarse a través de las
instituciones de la democracia. Así que
cuando gritan que se vayan todos, hay
que leer que se vayan
éstos.
El
jurista argentino Juan Bautista Alberdi
(1810-1884), autor del libro Las Bases, una de las
piedras angulares de la Constitución
argentina, advirtió que los pueblos
tienen los gobiernos que se merecen. Su
advertencia se actualiza en esta Argentina donde
sus ciudadanos se preguntan qué han hecho
para merecer esta crisis. La respuesta, justamente,
se encuentra en lo que no hicieron para evitar esta
situación.
Los unos y los
otros
Antes de
la devaluación del peso frente al
dólar (como de costumbre, el capítulo
argentino de la depreciación de la moneda se
hizo para favorecer a los acreedores, a contrapelo
de cualquier previsión de un manual de
Economía), el 36% de los hogares y el 46% de
la población ya había sufrido
episodios de pobreza, si se mide su incidencia a
partir de los ingresos. En el caso de los menores
de 14 años, la proporción se eleva al
63%.
Según
el Sistema de Información, Monitoreo y
Evaluación de Programas Sociales de la
Nación, el 35% de los hogares tuvo al menos
un miembro que experimentó episodios de
desocupación. En los núcleos
familiares indigentes, la proporción trepa
al 70%.
Estos
inmensos bolsones de pobreza son un claro indicio
de la desigualdad de la distribución de la
riqueza, que ya desde 1995, informes del Banco
Interamericano de Desarrollo indican como una de
las principales causales de la falta de desarrollo.
En Argentina, el 5% de la población
más rica acumula el 25% de la riqueza, toda
una desproporción si es comparada con el
cada vez más próspero sudeste
asiático. Allí, esa porción de
gente se lleva sólo el 16% de los recursos.
En los países desarrollados, el promedio es
del 13%.
El 20% de
los argentinos que tienen salarios se lleva el 53%
de los ingresos. Es decir, de cada 10 personas, dos
ganan más que las otras 8. El 60% de los
asalariados gana menos de 600 pesos. Lo que hoy,
expresado en moneda norteamericana, se traduce en
menos de 300 dólares.
Si la
historia se construye hacia adelante, el tiempo se
detuvo en estos confines del cono sur hace un
cuarto de siglo, a juzgar por los datos del
Ministerio de Economía de la Nación y
del Instituto Nacional de Estadística y
Censo. Entre 1976 y hoy, la desocupación
pasó del 3% al 20%. La indigencia, de
200.000 personas a 5 millones de argentinos. La
pobreza creció de 1 millón a 14
millones de ciudadanos: la población total
es de 37 millones de almas. El analfabetismo,
avanzó del 2% al 12%. El analfabetismo
funcional, del 6% al 32%. La deuda externa
argentina se disparó de U$S7.600 millones a
U$S132.000 millones. Son U$S155.000 millones
sumando la deuda privada, a lo que hay que agregar
los U$S40.000 millones ingresados por la
privatización de las empresas
nacionales.
En ese
mismo período, hubo una traslación de
los recursos de la clase baja y de la clase media a
la clase alta por valor de U$S25.000
millones.
Tanto por tan
poco
Sólo
U$S9.000 millones fueron las inversiones
extranjeras de la última década para
el sector financiero argentino. Luego, hubo
incrementos de capital por 900 millones más.
Con apenas eso, los bancos pasaron a manejar,
gracias al corralito y a la inestimable
colaboración de los gobernantes, los 65.000
millones de los ahorristas. En términos
legales, el patrimonio de los deudores es
aquí la garantía común de los
acreedores.
Duhalde,
quien prometió devolver los depósitos
en dólares en esa misma moneda el día
que juraba como Presidente, reveló pocos
días después que no podrá
cumplir con ello. En definitiva, mintió. La
contradicción por así
decirle del nuevo inquilino de la Casa Rosada
no es novedosa. Su primera reunión oficial
fue con productores e industriales, para
anunciarles que con su arribo se acababa la alianza
entre el poder financiero y la clase
política. Pero con su decisión de
devolver los depósitos en divisa
norteamericana a 1,40 pesos cada unidad (en plaza
cada dólar no cotiza a menos de 2 pesos), le
reportará a los bancos una ganancia de al
menos U$S16.000 millones de
dólares.
Paralelamente,
la medida de que todas las deudas contraídas
en dólares se devuelvan en pesos en una
relación de 1 a 1 (la prerrogativa
originalmente sólo regía a quienes
adeudarán menos de U$S100.000), le
reportó a las 50 principales empresas
nacionales una licuación de sus pasivo, que
le evitará pagar una cifra aún no
estimada, pero que, se descuenta, será
superior a los 10.000 millones.
Y la
clase media no deja de salir a la calle. Pero la
imagen remite inevitable y dolorosamente al poema
de Bertolt Brecht Primero tomaron...,
donde al protagonista no le importaba que vinieran
a buscar a sus vecinos, hasta que finalmente
vinieron por él y ya era demasiado
tarde.
En los 10
años de plata dulce de los
gobiernos de Menem, el canto de sirenas de la
paridad entre el dólar y el peso mantuvieron
callados a los gremialistas y a los asalariados.
Mientras tanto, crecía la
desocupación, se hacían precarias las
reglas laborales, se vaciaba el sistema previsional
y se demolían las bases que garantizaban la
educación, la salud y hasta la seguridad
públicas y gratuitas. Hoy, quienes no pueden
pagar de manera privada por la calidad de esos
servicios, no pueden tenerla.
Alguna
vez deberá llegar la autocrítica a
este país que ahora levanta el dedo acusador
contra los políticos. Da la impresión
de que, como analizaba hace algunos años el
periodista Jorge Lanata, aquí fracasaron
sucesivamente los liberales, los conservadores y
los progresistas; las ideologías de derecha,
de centro y de izquierda; la Unión
Cívica Radical y el Partido Peronista; los
civiles y los militares. En una palabra, todos...
menos los argentinos.
Por estas
pampas, la culpa de la crisis siempre es de otro.
La responsabilidad de no haber podido consagrar un
país más justo, de nadie.
El
ensayista, poeta y político liberal
argentino Esteban Echeverría
1805-1851 aclaraba que la patria no era
el lugar donde se nacía, sino aquel donde se
podían ejercer los derechos ciudadanos.
Visto a la distancia desde esta nación,
donde sus habitantes no pueden disponer siquiera de
sus ahorros, más que una definición,
parece una advertencia. O una profecía:
él y Alberdi, en el siglo XIX, fueron
obligados a morir en el exilio. La ironía
jamás deja de tener un amargo toque de
tristeza.
Hoy y
aquí, en este incipiente siglo XXI que
empezó muy mal, las declaraciones, los
derechos y las garantías constitucionales le
deben parecer a los gobernantes algo similar al
Libro Rojo de Mao. Ya, de hecho, aspirar a vivir
como la democracia lo permite, seguramente, les
debe resultar igual a reclamar un régimen
revolucionario.
Alvaro
José Aurane tiene 27 años y es
columnista y editorialista del diario
La
Gaceta,
de la provincia argentina de Tucumán. Ese
matutino, que celebró en 2001 sus 90
años de trayectoria, es el más
importante del interior de ese
país.
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Desde el 3
de diciembre de 2001, se restringió
el retiro de los depósitos
bancarios, pero se permitía
mediante transacciones interbancarias la
compra de toda clase de bienes. Cuando
asumió Eduardo Duhalde, esas
operaciones se anularon. Hasta ahora, de
las cajas de ahorro en pesos argentinos
sólo pueden retirarse 300 pesos por
semana. Si es en moneda norteamericana, el
tope es de 700 dólares mensuales.
Pero ese monto no se devuelve en billetes
verdes, sino en pesos. Y por cada
dólar depositado se devuelven 1,40
pesos (esa era la valuación del
dólar oficial, que
rigió por un mes), a pesar de que
la divisa estadounidense está
valuada para la compra en por lo menos 2
pesos por unidad. Tanto ahora, que rige la
libre flotación, como
antes, cuando paralelo al
dólar oficial
había un dólar
libre.
Los plazos
fijos en moneda extranjera y las cuentas
corrientes, por montos superiores a los
3.000 pesos, están congelados y se
devolverán, en cuotas y en pesos, a
partir de febrero de 2003. Con la
última flexibilización,
luego de que la Corte Suprema de Justicia
declarara inconstitucionales las
restricciones, de esos dineros congelados
pudieron pasarse a cuentas de ahorro hasta
el equivalente de 7.000 dólares. Se
devuelven por unidad a 1,40 y de a 300 por
semana, si eran cuentas corrientes en
pesos, o hasta 700 por mes, si eran plazos
fijos en dólares.
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