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BENITO JUAREZ, Mexico Esperanza muestra las fotos de la familia a su nieto Jesús Alberto. “Chubeto”, como le llaman cariiñosamente, se interesa por conocer al menos en fotografía a sus tres tíos que viven en Columbia, desde hace ocho años.

En la distancia
La historia de los Gómez: una familia separada por la frontera

por Jon Ariztimuño and Rosario Rubina
reporteros de Adelante

En la cocina de Esperanza Anaya, el forastero se siente pronto como en casa. Junto a una taza de café, las horas pasan volando mientras ella habla de su familia y señala, uno por uno, a todos sus seres queridos en los álbumes de fotos. Las habitaciones tienen ese calor, ese toque especial que convierte una casa en hogar. La Navidad se acerca y lo que más lamenta Esperanza es que no tendrá a sus hijos cerca en esta fecha tan especial. Las razones de esta ausencia son muchas pero, sobre todo, unas 1,500 millas de distancia y una frontera maldita que separa no sólo dos países, sino dos mundos diferentes.

Esperanza nació hace 54 años en Namiquipa, una ciudad de unos 23,000 habitantes del norteño estado de Chihuahua, México. En su casa de Benito Juárez, a unas 100 millas de la capital del Estado, la matriarca de la familia ha tenido una vida muy feliz pero también llena de duras experiencias.

Su hijo mayor, Octabio Gómez, 33, se marchó hace 10 años a Estados Unidos, dejando a su esposa y a sus dos hijas. Con su hija Marisol enferma de bronquitis, el mayor de los Gómez rentó la tierra de su padre y cruzó la frontera en busca de mejor suerte. En dos años, sus dos hermanos Sergio, 30, y Mario, 24, su esposa y sus dos hijas estaban viviendo en el mismo rancho de Columbia, Missouri. Sólo Irma, su única hermana, permaneció en el país azteca.

El comienzo fue difícil para los tres hermanos. Tavo, como todos llaman a Octabio, recuerda sin pena como hurgó alguna vez en la basura en busca de algo de ropa. Los Gómez llegaron a Columbia sin saber inglés, ni siquiera el necesario para pedir comida rápida. Siempre acababan pidiendo Mexican Pizza. “Eso sí era fácil”, dice Tavo.

En aquellos tiempos, ser latino en Columbia no era algo común. Cuando los Gómez llegaron, apenas había 20 latinos entre mexicanos y salvadoreños. Mario, el más joven de los tres, asegura que se emocionaba cada vez que le decían “hola”.

La muerte golpeó a la familia en 1994, cuando un tío llamó desde México con la triste noticia: Cruz Gómez, el padre de la familia, había fallecido. Gómez, activo defensor de los derechos de los campesinos, había sido atropellado. Su viuda, que tiene serias dudas sobre lo casual del accidente, todavía recuerda las palabras que mantuvo aquella mañana con su esposo. “La gente lo quería mucho”, dice orgullosa. “Se me venía el mundo encima”, comenta Esperanza en referencia a la partida de sus hijos después de la tragedia.

Pero además del apoyo de los suyos, Esperanza siempre ha contado con Dios como su mejor aliado. Cuando abrió la Biblia al azar y pudo leer en el versículo “¿Por qué te acongojas?”, respiró tranquila. A pesar de que una gotera arrugó las páginas de su libro sagrado, Esperanza sigue leyéndolo por la noche. En el municipio de Benito Juárez, la Biblia llamada “misionera” va pasando de casa en casa, de modo que cada familia la posee durante una semana. Esperanza asegura sentirse reconfortada cuando la Biblia Misionera llega a la casa de los Gómez. “Hasta más cortitos se le hacen los días a una”, comenta.

La religiosidad y el cariño de la señora Anaya han traspasado fronteras y dejado huella en Columbia.

También Esperanza se llama la hija mayor de Mario, de 4 años. Esta niña de preciosos ojos negros se acuerda mucho de la última vez que vio a su abuelita. En cuanto oye su nombre, la pequeña comienza a preguntar por su tocaya. Sus padres comentan con orgullo cómo la niña bendice la mesa cada vez que la familia se dispone a comer.

El pasado mes de febrero, Esperanza vino por tercera vez a los Estados Unidos y vio nacer, uno tras otro, a tres de sus nietos. Sus tres nueras se habían quedado embarazadas en la misma época y dieron a luz en marzo, julio y agosto, respectivamente. Ahora, Esperanza está en Benito Juárez. Tavo, Sergio y Mario no disfrutarán de su presencia. Sin embargo, en Navidad buscarán el sabor de casa: degustarán pozole, chile colorado, ensalada, mole, tequila y cerveza Tecate, especialmente traída desde Kansas City.

“Son mucho mejores con el queso mexicano” dice la mujer de Tavo, Aquilina, refiriéndose a las quesadillas que cocina. Mario, quien confiesa ser el más “chiple” de los tres hermanos, echa de menos el chile pero más aún “el saludo en la mañana” o “la bendición de mamá”. “Nunca va a ser igual. Suena de telenovela pero hasta el aire es diferente”, dice. Mario confiesa no entender a los estadounidenses, “En mi familia nos enseñaron que no importa las cosas de valor sino los sentimientos”.

En esta Navidad, una vez más, los sentimientos formarán parte de la celebración: “El Año Nuevo sí lo velamos de orilla a orilla. A menudo amanecemos comiendo. En ratitos cantan, en ratitos lloran y en ratitos juegan”, dice Esperanza Anaya recordando pasados años sin la compañía de sus hijos.

La historia se repite en México. Muchos trabajadores no saben del Tratado de Libre Comercio, de la deuda nacional externa o de la devaluación del peso. Sólo saben que cada año son más los que deciden irse “al otro lado” en busca de mejor suerte. La gran paradoja: es más barato comprar maíz y frijol al vecino estadounidense que cultivarlo. “El campo es un albur”, afirman los agricultores mexicanos. Y la familia Gómez también lo sabe. De nuevo, una Navidad en el calor del recuerdo profundo, en el frío de la distancia infinita.

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