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El
Rincón
de
los
Niños
El
Árbol Que Quería Ser
Libro
Por
Renato Agagliate
Ése
sauce, que crecía al lado de la biblioteca
de Sanare, tenía muchos años de
plantado. Tan alto era que, cuando las nubes
pasaban bajito, él les hacía
cosquillas y uno oía esas risas en el
cielo.
Muy
querido de los pájaros, ese sauce cargaba
nidos de tordos, cucaracheros, azulejos, paraulatas
y chocolateros. Tanto les gustaba esa mata porque
nadie se montaba en ella a molestarlos; no solo,
sino que, gracias a sus ramas blandas, la brisa les
mecía los nidos y los pichones se
dormían sin necesidad de cantarles
canciones.
Ya estaba
algo viejo el sauce de la biblioteca y, de noche,
se ponía a conversar con sus vecinos: un
jabillo, una pesgua, un caobo y una mata de
pomarrosa.
¿Por
qué en la tarde vienen tantos niños a
la biblioteca? le preguntaba al caobo que por
más viejo sabía más que
él.
Vienen
a leer libros, contestaba aquel.
Los
libros tienen hojas blancas, no verdes como
nosotros, pero traen letras negras, agregaba
el jabillo para explicar mejor, y
están hechas de papel.
¿Y
de qué está hecho el papel?
preguntaba el sauce.
De
pasta de madera, respondía el
caobo.
¿De
madera? decía el sauce. Entonces
el papel... ¿se hace de
nosotros?
Claro,
confirmó el caobo. Por eso aquí
cerca de nosotros, en el estado de Portuguesa,
tumban árboles para hacer papel, luego con
ese papel hacen libros y de libros se llenan las
bibliotecas del mundo.
Ya bajo
la luna, el sauce seguía pensando:
¿sería verdad lo que había
explicado el caobo?
Al otro
día, cuando en la tarde la biblioteca estaba
llena de muchachos, no tuvo la menor pena y,
flexible como es cualquier sauces, se agachó
y por un tragaluz miró cómo era por
dentro la biblioteca: niños, muchachos y
hasta gente mayor leyendo libros, haciendo tareas,
copiando cosas. ¡Qué bonito todo
aquello!
Y el
sauce estuvo pensando en sus hermanos
árboles que habían entregado su
madera para hacer todo aquel papel de que estaban
hechos todos aquellos libros, con aquellas portadas
maravillosas y aquellas ilustraciones tan
lindas...
Volvió
entonces a enderezarse y, como siempre, a llevar
sol y lluvia, a pasar frío y a defenderse
del viento. Es que ya estaba poniéndose
viejo el sauces de la biblioteca; y pensaba, y
pensaba, y pensaba...
De tanto
pensar un día lo hizo tan duro que la gente
pudo escuchar lo que decía: Ahora que
ya estoy viejo me gustaría hacer algo por
esta biblioteca. También yo quisiera dar mi
madera para que con ella se haga pasta, de la pasta
se saque papel y con el papel se impriman
libros.
A veces,
soñando, repetía emocionado: Yo
también quiero ser libro.
Pero lo
decía tan duro que despertaba a sus
compañeros.
Déjame
dormir, sauce, le decía la mata de
pomarrosa. De día tus pájaros
vienen a comerme la fruta y de noche tú no
me dejas en paz.
Y lo
mismo le reclamaba la pesgua.
Así
fuera en voz bajita, entonces, el sauce
seguía soñanado lo que quería
ser.
Un
sábado por la tarde, sin embargo, estando
cerrada la biblioteca, volvió a agacharse
para mirar dentro de ella.
Solo
estaba el viejo bibliotecario y, por eso, el sauce
no tuvo miedo de preguntarle:
¿Cómo hace uno para ser papel de
ese que sirve para hacer libros? A mí me
gustaría eso. Allí adentro uno no
lleva tanto sol ni tanta lluvia, y, más
bien, vendría la gente a ...
leerme.
Pasmado
se quedó el bibliotecario y casi a punto
estuvo de buscar el machete; pero, como buen
defensor de las hojas blancas y de las hojas
verdes, peló por una idea mejor: sacó
del estante una Biblia y la puso sobre una mesa
bien a la vista del sauce.
Milagrosamente,
el libro sagrado se abrió y de sus
páginas salió una voz que
decía: Sauce: tú también
eres criatura de Dios; él te hizo para que
ayudaras a la gente y los animales a respirar y
descansar mejor; te dio ramas flexibles para que
las aves hicieran su nido; y te hizo delgado y alto
para que le señales a la humanidad
dónde queda la casa de Dios... No; no puedes
ser un papel cualquiera y menos uno para ser un
libro más. Te lo digo yo que antes
también fui árbol y ahora soy el
libro de los libros....
Ante
tamaña autoridad, el sauce reconoció
las cosas que valía él y tan solo
dijo: Gracias, amiga, muchas gracias:
hágase la voluntad de Dios, mi
creador.
Y,
sacando su figura del tragaluz, se estiró
animoso apuntando de nuevo al cielo.
El
bibliotecario, estupefacto, salió a mirarlo,
mientras los pájaros volvían a sus
nidos con ganas de cantar.
Pronto
corrió la voz de lo que había pasado
con el sauce de la bibliotecario y los
sanareños ahora lo van a ver; los
niños dice al bibliotecario que lo quieren.
El dice que ellos lo van a .... leer, como si fuera
un libro más pero no un libro
cualquiera.
Renato
Agagliate es un bibliotecario y autor de libros
infantiles que vive en Sanare, Venezuela. Este
cuento, que Renato quería compartir con los
lectores de Adelante, está publicado en el
libro El Árbol Que Quería Ser
Libro, Y Otros Cuentos. Ésta es su
primera publicación en los Estados
Unidos.
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