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Dos
idiomas, dos mundos

Marcela
Chávez
GORDO,
FLACO, NEGRO, chaparro son adjetivos que
describen características físicas de
personas, y, por extraño que parezca,
también pueden ser cariñosos
apelativos. En español, referirse a los
hijos de uno como mis gordos, o a la
pareja como gordo o gorda,
por más que en inglés suene grotesco
o peyorativo, en nuestro idioma es completamente
normal y muestra no solo familiaridad sino una
relación muy estrecha y llena de
cariño. Describir a un bebé como
gordo es no sólo un halago, sino
también una inequívoca muestra de
afecto.
En
Argentina, por ejemplo, es común llamarse
Flaco o Flaca en vez de cualquier otro nombre. En
México, es completamente normal referirse a
un niño como chaparrita o chaparrito. En
cada familia mexicana, por lo menos, hay un
negro, un flaco, un
chaparro, un gordo y claro,
sus consabidos femeninos y, por supuesto, sus
diminutivos. Y estos apelativos cariñosos
son sólo palabras que con el correr del
tiempo pierden totalmente su significado original.
Así, el que de niño fue gordo y al
crecer dejó de serlo, seguirá siendo
conocido en el círculo familiar y de amigos
como el Gordo Chávez. Lo mismo
con la flaca que engordó, la gorda que
enflaqueció, el chaparro que creció y
la negra que en realidad nunca lo fue, pero que era
la de piel más oscura en la familia. O
simplemente recibió este mote al regreso de
algunas vacaciones con demasiado sol. A veces se
juega con el contraste o el sarcasmo, como decirle
chaparro a alguien muy alto.
En una
cadena de televisión de habla hispana hay un
programa de espectáculos llamado
El
Gordo y la
Flaca,
gracias a la complexión de sus conductores.
La famosa cantante Toña La Negra
adoptó su apodo debido a su piel.
Agustín Lara, el famoso compositor mexicano
de los años 40, era conocido como El
Flaco de Oro. La palabra prieta,
que se usa para describir a una persona de piel
oscura, ha sido adoptada como sobrenombre por una
cantante mexicana, La Prieta Linda. Uno
de los mejores boxeadores mexicanos es conocido
como La chiquita González, por
su corta estatura. Y en ninguno de estos casos el
apodo tiene una connotación negativa, se
convierte en una parte inseparable del
nombre.
Pero en
una sociedad crecientemente sensible al riesgo de
ofender a alguien, como es la sociedad
estadounidense, estas palabras se convierten en
insultos potenciales. Visto desde la perspectiva de
quien lo habla como segunda lengua,
parecería que el inglés no admite
estos contextos en los cuales el significado
literal de una palabra que podría resultar
ofensiva se ignora, dando lugar a un nuevo
significado que es evidencia de un lazo
sentimental. Por el contrario, la alternativa que
ofrece el inglés, honey, sweety pie,
y otras similares, por demasiado dulces, suenan
huecas si se traducen literalmente al
español. Después de todo, si alguna
moraleja puede desprenderse de estas observaciones,
es que cada cultura, a través de su lengua,
crea diferentes formas verbales de mostrar
cariño y afecto. No basta, entonces,
aprender gramática y adquirir un vocabulario
extenso para aprender a comunicarse en otro idioma,
también hay que aprender a querer en otro
idioma.
Marcela
Chávez estudió Literatura
Hispánica en la
Universidad Nacional Autónoma de
México
y dio clases de español en México
durante más de doce años. Vino de
México con su esposo, Óscar
Chávez, asiduo colaborador de
Adelante.
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