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Hija
de Cuba

Christina
Claassen
Criada
en Miami por una madre cubana y con una
gran población cubana alrededor de
mí, tuve una vida cubano-americana.
Yo hablaba español con mi familia;
escuchaba música cubana;
comía platos típicamente
cubanos como picadillo, arroz con pollo y
arroz con frijoles negros; y
aprendí lo más importante:
que Fidel Castro era malo. Él era,
supuestamente, la razón de que un
millón de gente saliera de Cuba y
de que supuestamente unos cuantos millones
más sufrieran.
Nunca
negué que mi familia tenía
razones para irse de Cuba. Tuvieron que
abandonar todas sus propiedades y
pertenencias en manos de la
revlución y los forzaron a aceptar
al nuevo go-bierno sin ninguna
opción. Mi familia partió de
Cuba hace 30 años y aunque yo
tenía una imagen muy clara de la
Cuba del pasado, no tenía ni idea
de la Cuba de hoy. De esta manera, el
pasado octubre, me encontré
caminando por las calles de La Habana,
aprendiendo de mi patria.
Durante
mi viaje, que duró una semana,
exploré diferentes pueblos. Fui
hasta la casa de mi madre en Matanzas y
anduve por el barrio por el que mi fami
lia paseaba. Me imaginé cómo
era su vida antes de la re-
volución. Me invadieron
lágrimas de felicidad porque me
parecía increible ver la casa con
mis propios ojos.
Pero
también derramé muchas lágrimas tristes.
Conocí a una familia de más o menos ocho miembros,
que vivía en un apartamento del tamaño
de un sólo cuarto. No había ni inodoro, ni
cocina, ni electricidad, ni tampoco agua corriente. Los
niños correteaban felices vestidos sólo con
su ropa interior y sin ninguna conciencia de lo que les
rodeaba. Me puso triste verlos porque pensé en la
vida privilegiada de mi hija.
Estaba
enojada con la situación. Al lado
de su casa, había otra para los
ejecutivos de una compañía
europea. La casa era más grande y
estaba pintada de amarillo canario con
brillantes flores rosadas y moradas
guiando el paso. Parecía muy
chocante al lado de la casa en la que
vivía la otra familia. Hasta vi un
Mercedes Benz estacionado en la calle.
Resultaba una ironía entre el resto
de coches, de marca Ford de los cincuenta.
Mis sentimientos hacia el socialismo eran
de frustración total.
Muchas
veces me sentía muy confundida.
Algunos tenían agua corriente y
electricidad, otros tenían
televisores y cómodos muebles.
Algunos vivían en edificios muy
bien mantenidos, pero otros se iban a caer
sobre ellos. En ciertas áreas
rurales las casas estaban hechas de
cartónpiedra, con techos de
estaño.
Cuba
es un país seguro y tranquilo:
nadie muere de hambre, no hay muchos
mendigos y tienen gratis las medicinas y
la educación. En Estados Unidos,
hay algunos que viven sin casas o sin
medicinas.
Rápidamente
me di cuenta de que muchos de los
problemas del socialismo de Cuba eran por
culpa del embargo norteamericano y otras
razones. Los cubanos no tienen acceso a
muchos medicamentos, como resultado del
embargo. Además, después de
que callese la Unión
Sovética, Cuba perdió uno de
sus mayores apoyos y aliados. Cuba
tenía que contar con la industria
turística para sostenerse
económicamente y como el peso
cubano no tiene mucho valor comparado con
el dólar americano, las
compañías europeas y los
turistas lo tratan muy bien. La
infraestructura del socialismo cubano
oscila entre la supervivencia
económica y la adherencia a sus
principios teoréticos.
Lloré,
reí y aproveché para
enfrentarme a mis frustraciones. No
había una respuesta fácil
para explicar cómo sobrevive Cuba.
Incluso cuando pensé en Castro y en
lo malo que era, también me di
cuenta de que no importa dónde
estés, no hay un gobierno perfecto.
Espero que Estados Unidos cese el bloqueo
y pare con sus hipocresías para que
pueda viajar libremente a mi patria y
conocer más a la gente.
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