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Cinco presidentes en doce días

Hugo Alconada Mon

BUENOS AIRES — LA política argentina, ante su última oportunidad.

La anarquía, la crisis social y la desazón son las variables de una debacle anunciada. La mezquindad de los políticos se contrasta con las necesidades de la Nación. El fin de la “convertibilidad”.

Eduardo Alberto Duhalde nunca imaginó que tendría el bastón de mando y la banda presidencial tan pronto. Más aún, se consideraba un desahuciado político desde que perdió las elecciones por la presidencia el 24 de octubre de 1999. Aquel día Fernando de la Rúa accedió a la Casa Rosada y él, Duhalde, anunció que sólo continuaría en la vida de los comités y las unidades básicas para “depurar el sistema”.

Dos años y poco más de dos meses después, Eduardo Duhalde es el presidente de los argentinos. En rigor, el quinto presidente de los argentinos en apenas doce días. El 20 de diciembre De la Rúa renunció, forzado por el estallido social y la depresión económica que amenazaban con barrer hasta con su vida, y desde entonces se sucedió una seguidilla de nombres y acontecimientos digna de cualquier culebrón.

Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Camaño juraron desempeñar un cargo para el que no estaban preparados y en el que, salvo el segundo, no se sentían cómodos y no querían detentar por demasiado tiempo. La sociedad argentina, mientras tanto, observa entre azorada y furiosa el devenir de sus representantes políticos, miembros de uno de los grupos sociológicos con más baja credibilidad en la opinión pública, junto con los popes de los sindicatos y, curiosamente, las fuerzas armadas, que hasta hace apenas un par de décadas eran vistas como el recambio institucional.

Demasiados infortunios, poco tiempo

Duhalde fue electo por la Asamblea Legislativa —es decir, las cámaras de senadores y diputados en sesión conjunta— el martes 1° de enero. Un día después recibió los atributos simbólicos de mando. Pero llevaba días planeando su arribo a la Casa de Gobierno. Como buen jugador de ajedrez, sabía que las circunstancias podían favorecerlo. Pero también es consciente que su oportunidad puede cerrarse en cuestión de días. Por circunstancias actuales, pero también históricas.

La Argentina sufrió en el último cuarto de siglo una guerra interna que costó unos 30 mil desaparecidos, una guerra externa que perdió con Gran Bretaña por las Islas Malvinas, una hiperinflación que llegó a ser de 5 mil por ciento annual y derribó al entonces presidente Raúl Alfonsín y una depresión económica que todavía devora presidentes, planes económicos, ayudas financieras internacionales y a decenas de millares de argentinos, que caen bajo el umbral de la pobreza.

En suma, acontecimientos que por separado podrían haber destrozado el presente y el futuro de sociedades menos preparadas para el infortunio que la argentina, que toma como buen parámetro de sus vicisitudes al tango. Incluso las herramientas aplicadas para salir de una debacle favorecen la siguiente. La guerra interna derivó en un golpe de Estado encabezado por militares que años después iniciarían una guerra sin sentido. Pero que además, darían el puntapié inicial para una deuda externa y un sistema económico que por desidia o negligencia Alfonsín no supo, primero, y no pudo, después, cambiar.

En 1989 asumió como presidente Carlos Menem. Tras unos primeros intentos fallidos por reordenar la economía, en 1991 designó a Domingo Felipe Caballo como su ministro de Economía, quien ató la cotización del peso argentino al dólar estadounidense. Nació así la “convertibilidad”. En cualquier lugar del país, en cualquier momento y sin depender de una cotización, cualquier argentino podía cambiar 1 peso por 1 dólar. “El modelo”, que también incluyó la apertura absoluta de la economía nacional, restricción del gasto público, privatización de las empresas del Estado y seguimiento irrestricto de todas las recetas del Fondo Monetario Internacional generó un lustro de crecimiento económico. Pero también cimentó las bases de la eclosión social expresada en la mítica Plaza de Mayo en estos días.

El fin de la convertibilidad

El índice de desocupación ronda el 20 por ciento, uno de cada tres argentinos es pobre, el Estado no puede garantizar la salud, ni la educación de quienes no pueden pagar un hospital o una escuela, y la Argentina declaró formalmente la cesación de pagos de su deuda externa. Eduardo Duhalde anunció el fin de la “convertibilidad”, un buen instrumento que se convirtió en un fin en sí mismo, haciendo que la moneda argentina se apreciara junto al dólar con respecto a otros países, quitándole competitividad a su producción industrial y cerrando así el camino a las exportaciones.

El flamante equipo económico, encabezado por el economista y diputado nacional Jorge Remes Lenicov, planea devaluar entre un 30 y 40 por ciento el peso argentino, para luego favorecer un sistema de flotación controlado. Pero además, proyecta avanzar un paso más en la renegociación de los títulos de la deuda externa, que incluirían una quita de capital y unos años de gracia para retomar su amortización.

El temor, sin embargo, pasa por desentrañar cuánto tiempo aguantará la clase media argentina, antes de que vuelva a hacer tronar sus cacerolas por las ciudades. El nuevo plan conlleva nuevos ganadores, pero también nuevos perdedores, entre quienes se encontrarán los asalariados, los jubilados, los endeudados en dólares y todo aquel que por su trabajo o por cuestiones de salud necesite adquirir bienes importados.

La devaluación de la moneda incluirá, implícitamente, una merma equivalente en el poder adquisitivo de sus ingresos. Pero además, se teme que se encarezcan proporcionalmente infinidad de prestaciones, incluyendo las comunicaciones con el exterior, los envíos de correo al extranjero y las tarifas de los servicios públicos.

Una clase política mezquina, una sociedad hastiada

Eduardo Duhalde llegó a la presidencia tras una elección en el Congreso que ganó por abrumadora mayoría. Obtuvo los votos de su partido, el Justicialista, de algunos partidos provinciales menores y de la ahora opositora Unión Cívica Radical —que incluye a los dos presidentes que debieron renunciar desde la restauración de la democracia en 1983, Alfonsín y De la Rúa—. En total, más de 250 votos a favor y apenas 22 votos en contra 19 abstenciones, todos de agrupaciones de centroizquierda o izquierda.

Sin embargo, Duhalde se enfrenta a un factor común de la política argentina: la mezquindad de sus dirigentes. No sólo de los líderes radicales, que están lejos de hacer una autocrítica sobre sus últimas y fallidas gestiones de gobierno, sino también del propio Justicialismo. Cual un sistema feudal, varios gobernadores afiliados al PJ se resisten a apoyar al nuevo presidente, por temor a sufrir una caída en los sondeos de opinión. Carlos Ruckauf, José Manuel de la Sota, Carlos Reutemann y algunos líderes menores parecen sumarse a las fotos protocolares, pero no a las decisiones trascendentales que debe tomar el gobierno nacional. Los dirigentes parecen no percibir las muy claras señales sociales que indican que esos partidos, el peronismo y el radicalismo, atraviesan la más profunda crisis de credibilidad popular desde 1983. Un eventual fracaso de Duhalde, no obstante, metería de cabeza a la Argentina en la fase final de un conflicto político, económico y social ya ahora inmanejable.

Esta dura encrucijada compromete la generosidad del flamante presidente como la de sus aliados y adversarios internos y externos. Se trata de dar y recibir la administración de un poder turbulento. Y que puede tornarse esquivo al nuevo mandatario. El quinto en doce días. Quizá el último.

Hugo Alconada Mon es abogado y periodista basado en Buenos Aires. Este artículo salió anteriormente en la revista Tiempo, de España.

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