| Desenterrando
la muerte México celebra la vida
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| HUGO VIZZUETT |
Cuando era niño mi
madre me decía, “mañana viene tu abuelo, hay que prenderle
un cirio para que encuentre el camino a casa y no se pierda entre
almas penantes. Córrele, ve y ponle su cerveza junto a su
plato de mole, porque esa era su comida favorita y en el cielo no
sirven de eso”.
En México, cada 2 de noviembre
es un día de fiesta. En el Día de los Muertos honramos
la vida después de la muerte con contemplación y respeto.
Las familias se levantan temprano por la mañana para comprar
las flores de cempasúchil y montar el altar. No importa cuan
humilde sea la familia, el altar es una tradición sagrada.
Los aromas y sabores de ese día son símbolos de nuestra
esperanza y fe en la muerte.
La muerte se festeja en México. En la época prehispánica,
nuestros antepasados veían a la muerte como una etapa de
un proceso sagrado; vida, muerte, y vida después de la muerte.
La vida era vida a cada etapa la muerte no era el fin de la vida
sino, el principio de un ciclo insaciable. El sacrificio humano
era una ofrenda sagrada que inmortalizaba el alma del mártir.
En la actualidad, un símbolo de tal esperanza de resurrección
se percibe cada año en esta celebración, cuando las
almas de los vivos y de los muertos se unen en una experiencia espiritual
enmarcada por un ambiente de fiesta. Todos Santos es la representación
de la espiritualidad de nuestro pueblo mexicano, la cual se viste
y se celebra con el velo de la muerte.
Los altares son ofrendas para las almas visitantes. Cada mañana
del “Día de Muertos”, las familias mexicanas se levantan
animadas para montar el altar y caminar al panteón para ofrecer
flores frescas a sus familiares difuntos. El pan de muerto, el dulce
de camote, la cerveza, las mandarinas, entre otras ofrendas, son
colocadas en el altar en un orden específico. Así
sea una flor, un vaso de agua o una vela, en cada hogar se venera
a la muerte según la tradición. Todos abren sus puertas
para que la muerte entre no sólo a comer, sino al corazón
del feligrés.
El amarillo del cempasúchil colorea y perfuma a la muerte.
Aquellos que ponen su altar, saben que la muerte siente y come hambrienta
las almas de las frutas y del pan. Sin embargo, la muerte no es
hostil, el huésped de cada año se sienta en la mesa
con nosotros y nos musita sobre la enormidad de una vida que no
termina en el sepulcro ni en lo imperceptible de una fantasía.
La muerte nos habla al alma, porque es allí donde entendemos
su mensaje sin forma ni textura, en la elipsis de una sensación.
Nuestra ofrenda es para significarle nuestro respeto y admiración,
y cada Día de Muertos es para invitarle a esperanzar nuestra
alma con la resurrección.
Con el misticismo que causa la misma muerte, los mexicanos celebramos
su encanto, como un pueblo con fe en la espiritualidad, que nace
y muere en el espacio mismo, sin pasado ni futuro. Un pueblo que
mira la vida y la muerte a cada pestañeo con esperanza.
Victor Hugo nacio en Queretaro Mexico.
El estudio Ingenieria Industrial en el Instituto Tecnologico de
Pachuca y cuenta con postgrados en el Instituto Tecnologico de Estudios
Superiores de Monterrey y el Instituto Panamericano de Alta Direccion.
El tambien cuenta con una certificacion en Yoga y otros trabajos
con energia. Hugo disfruta de viajar y de escribir poesia. Actualmente
reside en Sedalia Missouri.
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