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Fotógrafa va más allá del dolor y el terror que sufrió Perú

Sara Fajardo photos/Adelante

Georgina y su hija Rebeca comparten un momento de dolor mientras Georgina recuerda la barbarie de la guerra.

Adelante staff writer
traducido por Isaac Itman

¿Cómo se podrían describir las voces de aquéllos que han visto tanto? Son como el final de un eco que resuena desde el interior, cóncavo, incesante, afilado. Cada voz transporta el inmenso peso de la historia, un peso que sofoca a quienes optan por detenerse un instante para escuchar.
La Comisión Peruana de la Verdad y la Reconciliación fue creada en febrero de 2002 justamente con ese propósito: despertar a un público ensordecido por los llantos desatados durante 20 años de guerra civil.
La violencia desencadenada a fines de los años 70 por el grupo terrorista Sendero Luminoso fue exacerbada por una equivalente violencia militar, de la cual derivan resultados tales como 30.000 muertos, 6.000 desaparecidos y cientos de miles de refugiados. Perú se había convertido en un llanto colectivo. Historias de horror, desapariciones, torturas, violaciones, fueron desenterradas al igual que las innumerables fosas comunes que yacían bajo la superficie de los paisajes peruanos. Diversos testimonios esgrimidos públicamente comenzaron a emerger y paulatinamente cada caso obtuvo un espacio para ser escuchado. Las historias siempre comenzaban con una inhalación profunda. El cuarto, pese a estar repleto de cientos de testigos se envolvió en un silencio extremo. Luego, comenzaron a hablar.
Algunas voces manifestaban cierta indiferencia: “Luego miré y vi el cuerpo de mi marido debajo del mismo árbol que una vez él mismo había plantado”. Otros trataban de asimilar la angustia que renacía nuevamente: “Se llevaron a mi hijo. Entraron a mi casa y lo sacaron de su propia cama. Me aferré a él. Los soldados me tiraron al piso. Me gritaron. Me trataron peor que a un perro. Me dijeron que solamente le tenían que hacer unas preguntas. Nunca más volví a verlo”.
Sus historias se han convertido en las mías. Mis dedos todavía sienten el orificio que dejó el rastro de una bala en el cráneo de un hombre que me enseñaba su herida. Conocí solamente sus penas, y comencé a sentir que la verdadera cara de la humanidad estaba compuesta por una crueldad abyecta. No podía soportar el hecho de seguir escuchando.
No obstante, mi colega que me acompañaba, percibía que había mucho más para contar. No satisfecha con los testimonios públicos, nos coordinó una entrevista en la casa de uno de los sobrevivientes. El taxi nos trasladó desde los confortables suburbios de Lima hasta una barriada tan ignorada que el agua potable se tenía que comprar de un camión cisterna. El nombre del lugar era “Canto Grande” y es uno más de los innumerables terrenos ocupados por los refugiados provenientes de las zonas rurales, quienes se vieron forzados a emprender un éxodo hacia la ciudad para escapar de la violencia que mantenía en vilo al país.
Recorrimos varias cuadras de camino de tierra antes de llegar hasta la puerta de lata incrustada en una pared de adobe. Esta era la casa de Georgina y de su hija Rebeca. En la primera audiencia pública de la comisión, se sentaron juntas mientras que Georgina daba su testimonio. Ella había sido violada repetidamente por un grupo de soldados. Hasta los camarógrafos más estoicos lagrimeaban mientras que Rebeca escuchaba por primera vez los impíos detalles de su concepción. Ella es el producto de aquella noche.
Compartieron con nosotros el pan que tenían y nos sentamos sobre unos bancos de madera. Debido a sus escasos recursos no estaban en condiciones de encender una lámpara, entonces mi colega colocó una piedra en la puerta de entrada para que yo pudiera fotografiar nuestra entrevista sin la necesidad de usar el intimidante flash de la cámara.
Como fotógrafa, no me doy el lujo de evadir lo que mis ojos observan, soy testigo de cada matiz facial y de cada cambio emocional. Aunque madre e hija compartían el mismo banco, no había contacto físico entre ellas mientras hablaban. Tanto los ojos de Georgina como los de Rebeca comenzaron a perder su perspicacia a medida que se concentraban en el lejano horizonte de sus recuerdos. Las sonrisas que se apreciaban en sus rostros minutos antes desaparecieron totalmente. Sus palabras en un principio eran vacilantes, exentas de inflexión. Se turnaban para hablar, nunca interrumpiéndose. Parecía como que ambas habían vivido por separado la misma realidad de aquella noche. Monólogos moderados y pausados se iban construyendo a medida que transcurría la entrevista, hasta que la voz de Rebeca se quebró. No pudo contener por más tiempo el llanto. Dos lágrimas delineaban el contorno de su rostro. La luz que penetraba desde afuera la calaba suavemente. Subió la mano e intentó deshacerse de la tristeza, pero el llanto no fue interrumpido. Aunque Rebeca se encontraba en una habitación junto a varios familiares, ninguno de estos actuó en consecuencia para consolarla. Georgina con la mirada distante y perdida, combatía contra sus propias penurias.
Delante de ellas, estaban recostados dos escuálidos gatitos sobre el dulce olvido. La madre de Georgina miraba a los felinos con sus manos echadas tiernamente sobre su falda. Una dulzura se desprendía de ella como el perfume de la inocencia infantil.
Contiguo a Rebeca, se podía ver un ramo de rosas artificiales que florecían desde la esquina del mantel. Sin importar el lugar en donde se detenía mi vista, fui descubriendo cada pequeña particularidad que convierte a una simple casa en un cálido hogar: un calendario, dibujos hechos por niños, fotos familiares.
La entrevista continuó y con la misma se fueron sumando más detalles acerca del terrorífico evento. Cuando finalmente culminó, una cosa sorprendente ocurrió. Ansiosas por compartir más de sus vidas con nosotras, nos llevaron a hacer un recorrido por su vecindario.
Nos detuvimos en el parque comunitario para sacar algunas fotos. “Asegúrate de que se aprecie la vista de las montañas”, dijo Rebeca. La tristeza manifestada momentos antes parecía disiparse lentamente. Estaban orgullosas de vivir allí y deseaban transmitirnos ese sentimiento. Por primera vez me percaté de los girasoles amarillos que crecen contra el trasfondo de los lúgubres cielos limeños. Sin importar hacia dónde mirara, mis ojos hallaban belleza: jardines emergentes dentro de los basurales, esculturas de madera sobre los techos de las casas, los vendedores luciendo letreros pintados a mano. Inclusive una mujer había decorado la puerta de su casa con coloridas tapitas de diferentes botellas. “De esta manera se ve más bonita”. Comencé a sentir una conexión especial entre nosotras. Aunque previamente sólo había palpado sus tragedias, luego comencé a compartir sus alegrías. Lo que más me conmovió ese día fue esa realidad colorida que contrastaba con la historia de sus vidas. Aprendí, que no solamente debemos sufrir por los demás, sino que también debemos conceptuarlos en función de quiénes realmente son y qué cosas tenemos en común con ellos.
He pasado muchas noches en vela después de aquella entrevista, pero comencé a experimentar cierta sensación de esperanza. Me he dado cuenta de que somos seres constituidos por diversas cosas, y de la misma forma en la que somos capaces de ser crueles, poseemos la condición y habilidad de crear e inspirar belleza. Quizás, el camino para cicatrizar las mentiras es en lo que deberíamos concentrarnos para superarnos como seres humanos. Quizás, ese camino está pavimentado con la belleza que reside en el interior de cada uno de nosotros.



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