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La Africana

Periodista relata el reencuentro con las raíces de su padre

JON ARIZTIMUÑO/Adelante
Hija de un africano y de una española, Sara Nso tuvo su primer contacto con la comunidad negra cuando estudió en la University of Missouri, en 2000.


Colaboradora de Adelante

El prestigioso filósofo y africanista estadounidense Molefi K. Asante respondía a la intervención de uno de los asistentes al IV Congreso Africano del Mundo Ibérico en Barcelona, España, con una sencilla y desafiante afirmación: “Bueno, si no quieres ser africano, entonces no lo eres”.
Con estas palabras, el padre de la teoría del Afrocentrismo, que propone un redescubrimiento de la historia, la filosofía y las artes tomando como referente al continente africano, ponía sobre la mesa, más que la carta, la baraja de las varias identidades que integran a todo ser humano.
Asante introducía, además, el elemento de la voluntad humana, que no tiene por qué abrazar todo el abanico de identidades que están presentes en la persona, a veces por el mero hecho de haber nacido aquí o allá.
Hija de un africano de la diáspora y de madre española, abandero desde hace unos años la necesidad de integrar identidades, en lugar de ignorar aquellas menos manifiestas en nuestra vida cotidiana, para trascender nuestro ser socializado y abrirnos al que hasta ese momento era “el otro”, el diferente, con el que nada teníamos en común.
Pero la elección de una identidad concreta no es algo gratuito, ni carente de significado. Un amplio número de estadounidenses negros se llaman a sí mismos africanos, buscando la reconciliación con una historia clásica gloriosa más allá de la degradación a la que fueron sometidos durante siglos, como esclavos y posteriormente como ciudadanos de segunda clase.

  sara nso

“El descubrimiento y confirmación de mi herencia africana ha sido uno de los
viajes más
emocionantes e inspiradores en la búsqueda de mi yo.”

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En contraste con esto, muchos de los habitantes de las islas españolas del archipiélago Canario, en la costa occidental de África, tienen problemas para aceptar su identidad africana, al tiempo que la española y, por extensión, la europea.
La negritud, al fin, no es más que otra de las múltiples identidades que pueden definir a un hispano en cualquier parte del mundo. Pero desde luego no le hace per se partícipe de las realidades del mundo africano, a menos que ésa sea su elección, como decía Asante: “Querer ser africano”.
El descubrimiento y confirmación de mi herencia africana ha sido uno de los viajes más emocionantes e inspiradores en la búsqueda de mi yo. Como me contaba la poetisa negra uruguaya Cristina Rodríguez Cabral hace algunos años, al haberse criado en una sociedad blanca tenía asumidos una serie de prejuicios contra los negros de los que no se liberó hasta que no realizó su primer viaje a Brasil. Mi experiencia se asemeja a la suya, sólo que el primer contacto que tuve con la comunidad negra se produjo en los Estados Unidos.
Recuperando vivencias muy concretas a las que como hispana negra me tuve que enfrentar durante mi estancia como estudiante en Columbia, Missouri, hace ya tres años, recuerdo la extrañeza que me causaba la reacción de algunos negros cuando, tras cruzar las primeras palabras conmigo, se daban cuenta de que no era African-American, sino Hispanic (porque por el mero hecho de hablar español siempre se me identificó antes con los hispanos que con los europeos). Era como si sintiesen que habían metido la pata y, aunque nunca me sentí rechazada, sí percibí cómo marcaban una discreta distancia “comprensiva” entre nosotros. Algo que me parece a todas luces natural, dado que yo no podía ser partícipe de muchas de las vivencias de su gente.
A este respecto, me pregunto a veces el por qué de la distancia que esta comunidad establece con los negros latinoamericanos, pues también ellos por definición son afroamericanos. Y, sin embargo, la presencia hispana en el país ha tenido que crecer de modo abrumador antes de que se plantease la posibilidad de integrar esta realidad con la del negro estadounidense.
Sé que ante esta puerta que se abre a la integración surgirán muchos obstáculos, siendo el más obvio la barrera lingüística. También cabría citar el carácter a menudo receloso de muchos negros estadounidenses con respecto a todo aquel que no comparta su historia, así como la falta de reconocimiento de que los negros latinoamericanos también son hijos de la esclavitud.
Por otra parte, para los hispanos, cuya historia se pierde en un rico mestizaje, la integración de su identidad africana puede parecer algo carente de significado. Pero la elección de adentrarse en el universo cultural de su estirpe olvidada puede, aún sin que caigan en la cuenta de ello, develar una parte de su esencia.
En mi caso, no sería hasta tiempo después de regresar de los Estados Unidos, cuando decidiera emprender el camino de descubrimiento de mi identidad africana. Estando en la universidad y a punto de comenzar mis cursos en la escuela doctoral, conocí a una joven alemana que me habló de ese mundo intelectual ignorado por Occidente, al cual su esposo marroquí le había introducido. A través de largas y profundas charlas sobre todas aquellas realidades lejanas y desconocidas, creció en mí la curiosidad acerca de mi herencia africana.
De modo que hablé con mi padre y él por primera vez en la vida me transmitió la tristeza que le causaba no haber regresado a su nativa Guinea Ecuatorial para trabajar por el desarrollo de su pueblo. Pero “un hombre es de allá donde nazcan sus hijos”, según me dijo. Por eso él durante todos estos años se había aferrado a su hogar español, luchando por dar el mejor futuro posible a su descendencia.
Creo que mi padre vive con cierto derrotismo su alejamiento consciente de la patria originaria, pero a menudo pienso que quizás si hubiese regresado a África, mis hermanos y yo no hubiésemos tenido tantas oportunidades educativas, y tal vez ahora yo estaría deseando huir de un país atrasado en lugar de abrazar el compromiso de trabajar por el resurgimiento africano.
Porque no me cerré ninguna puerta y me atreví a hurgar en mis orígenes africanos, ahora, en mi día a día, en mi transcurrir rutinario sopla la brisa fresca y viva de esa nueva persona que crece lentamente en mí: la otra, la cada vez más cercana, la Africana.



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