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En clave Afrolatina

Merengue, cumbia, salsa: La música latina responde al llamado del continente negro


Colaborador de Adelante
Traducido por Osamu Fujimaru

Es un buen ejemplo de concurrencia cósmica que este artículo sobre música afrolatina se publique durante el Mes de la Historia Africana en los Estados Unidos. En los últimos cien años la música afrolatina ha tenido una fuerte presencia en las costas estadounidenses: desde el matiz español en la música de Jelly Roll Morton, un pianista de New Orleans, y los versos sentimentales de la conga de Ricky Ricardo en I Love Lucy, hasta las notas suaves, pero no menos profundas, de la guitarra de Carlos Santana.
A lo que nos referimos es a la música africana en el Nuevo Mundo, el Hemisferio Occidental. Una tierra a la que se llegó cruzando la peligrosa Travesía, donde ibos, angoleños, yorubas, mandingos y fulanis fueron arrojados en las galeras de esclavos y se convirtieron en estadounidenses, cubanos, peruanos, mexicanos, puertoriqueños y colombianos, entre otros. Ellos trajeron consigo sus genes morenos y, lo que es más importante, trajeron el idioma de los tambores. En los Estados Unidos, los dueños de esclavos prohibieron que se tocaran los tambores. Sin embargo, los amos íberos, quienes eran en parte africanos física y culturalmente gracias a 800 años de ocupación mora, dejaron que los esclavos desarrollaran su música.

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A través de la música, los esclavos estaban rememorando quiénes eran en su patria, al tiempo que reconstruían su identidad en una tierra nueva. El resultado fue un mestizaje musical, en el que Iberia, África y las Américas confluyeron, no a través de la espada y la cruz, sino a través de las manos, las caderas y los corazones de aquellos cuya piel tenía el color negro, moreno y beige. Cuba es el máximo exponente de esta clase de música. La clave — el compás de cinco toques que es el corazón de la música afrolatina — nació allí y viajó a New Orleans, donde dio origen parcial al jazz, y a la Argentina, donde emergió junto a ritmos como el tango. Otros países oyeron el llamado cubano y respondieron con sus propias expresiones musicales, como el merengue dominicano, la cumbia colombiana y la salsa neoyorquina. Sí, las personas bailaban, pero en el fondo bailaban a las variaciones infinitas del tambor africano, que aún a principios del siglo XXI provee el ritmo sincopado a nuestras identidades panamericanas.



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