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La huella africana

A pesar de su rico legado,
los negros latinos aún son
segregados en América

De la Redacción de Adelante
Traducido por Jorge Cornejo

A Érica Byfield le llevó algún tiempo aceptar su identidad hispana. “Mi hermana y yo nos considerábamos solamente negras”, dice. “Sin embargo, en nuestro subconsciente, sabíamos la verdad. Cada vez que íbamos a Costa Rica o hablábamos con nuestros abuelos por teléfono, recordábamos nuestra herencia latina”.
Byfield, quien es estudiante de periodismo en la University of Missouri, creció en una comunidad predo-minantemente blanca en California. Cuando se graduó en la escuela secundaria, era una de los tres estudiantes negros que había en su clase. No tenía compañeros hispanos. Esta carencia de diversidad la llevó a disociarse de su ascendencia costarricense.

  Erica Byfield

“Me avergonzaba hablar en español, así de simple. Estaba avergonzada de ser latina”.

Érica Byfield
Estudiante

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“Me avergonzaba hablar en español, así de simple. Estaba avergonzada de ser latina”, cuenta.
Luego de dos años negándose a hablar en español, Byfield comprendió que tenía aceptar ambas culturas. En una conversación con su madre descubrió que al negar su herencia costarricense no sólo estaba hiriendo a su padre sino también desconociendo una parte esencial de su identidad. Con el tiempo, Byfield aceptó la herencia que antes había intentado minimizar.
“Fue como respirar una bocanada de aire fresco”, dice. “Me di cuenta de lo afortunada que era”.
Durante una visita a Costa Rica con su medio hermano, Byfield experimentó la alegría de aceptar su identidad hispana. “Recuerdo que repetía una y otra vez: '¡Soy tica, soy tica, soy tica!'. Ahora me siento orgullosa cuando veo la bandera de Costa Rica”.
Hoy Byfield tiene una nueva imagen de sí misma, pero enfrenta constantemente las reacciones y el escrutinio de los demás. “Cuando hablo de este tema con ciertos estudiantes negros nacidos en este país, sé que me preguntarán por mi herencia. Yo respondo que soy negra e hispana, y ellos muestran una actitud negativa al respecto”.
A nivel institucional también existen percepciones erróneas. Cuando Byfield postuló a la universidad se vio forzada a elegir entre identificarse como negra o como hispana. No era posible elegir ambas opciones debido a las limitaciones señaladas en los requisitos para las becas estudiantiles.
“No todo el mundo encaja en una categoría, y yo era definitivamente uno de esos casos”, explica.
Durante un censo del estado de California, Byfield se vio forzada a tomar la misma decisión. Esta vez, en lugar de seguir las instrucciones y elegir una sola raza, la joven señaló dos. Otros negros hispanos como ella que participen en el próximo censo nacional estadounidense tendrán la posibilidad de tomar una decisión similar.

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En vista del rápido crecimiento de la población hispana en los Estados Unidos, Byfield se da cuenta que su herencia mixta la libera en lugar de alienarla. “Para algunas personas soy la minoría perfecta”, dice. “Ahora pienso: ¡Guau, eso es genial!”.
La odisea de Byfield es la misma de miles de negros latinos que pertenecen a una minoría que recién ahora está empezando a ser notada en los Estados Unidos.
De acuerdo con John Logan, demógrafo de State University of New York en Albany, existe una tendencia favorable hacia el reconocimiento de las contribuciones culturales de los afrolatinos. “Pero las barreras que todavía existen en la sociedad estadounidense respecto del color de la piel, no anticipan muchos cambios en el futuro cercano”, explica Logan.
La experiencia de Tyra Lewis ejemplifica la profundidad de esas barreras. Fue durante una clase de cultura latinoamericana que Lewis se enteró que la esclavitud se había iniciado a principios del siglo XVI, cuando portugueses y españoles llevaron africanos a sus colonias en Latinoamérica.
En su posición de mujer negra con una especialización en estudios africanos, Lewis se sintió traicionada. Después de dedicar cuatro años al estudio de la diáspora africana, se sorprendió al darse cuenta de que nunca le mencionaron la vasta herencia a lo largo de las Américas.
“Me causó una gran impresión”, explica. “Hasta ese momento me habían enseñado que la esclavitud se inició con los ingleses en el siglo XVII. Entonces cuando leí esto otro, me dije: ¿Por qué, si estoy estudiando historia, nadie me habló del tema?, ¿por qué me lo ocultaron?”.
Este descubrimiento la impulsó a iniciar un estudio más profundo de la cultura latina y su componente africano. Lewis, quien ahora trabaja en el Instituto de Lenguas Afro Romances y está haciendo una maestría en Literatura Hispánica en la University of Missouri, no sólo aprendió que hubo esclavitud en Latinoamérica, sino también que la cultura afrolatina es un universo en sí misma.
De acuerdo al Informe sobre Raza 2003 del Inter-American Dialogue, los descendientes de africanos representan el 30 por ciento de la población latinoamericana. En países como República Dominicana y Cuba, más de la mitad de los habitantes afirman tener herencia africana, 84 y 62 por ciento respectivamente.
Lejos ya de los vergonzosos días de la esclavitud, la influencia africana en Latinoamérica se destaca en la música, la literatura y los deportes.
Sin embargo, para los negros las dificultades no terminaron con el fin del comercio de esclavos. Los descendientes de africanos en Latinoamérica y el Caribe permanecen aún en la base de las estadísticas sobre desarrollo y justicia social. En Perú, el índice de mortalidad infantil es extremadamente alto en las provincias con gran porcentaje de descendientes de africanos. En la ciudad de Piura, por ejemplo, 93 de cada 1.000 niños negros mueren antes de cumplir los cinco años de edad, según datos del Banco Mundial.
Al compararlos con las cifras promedio de cada país, los descendientes de africanos en toda Latinoamérica figuran con una esperanza de vida entre 10 y 30 por ciento menor que la de la población en general. También tienen índices de mortalidad más elevados, menores ingresos económicos y mayores tasas de analfabetismo. Los afrolatinos son las víctimas más frecuentes de enfermedades. En Honduras, por ejemplo, el índice de contagio de SIDA entre los negros es seis veces mayor que el promedio nacional.
Aunque hay más de 150 millones de negros en Latinoamérica y una cifra estimada de 1,7 millones en los Estados Unidos, su presencia ha sido largamente ignorada por la mayoría de los residentes estadounidenses, tanto blancos como negros.
Sin embargo, otras personas como Lewis continúan estudiando español y las expresiones culturales afrohispanas, impulsadas por la fascinación de descubrir una nueva faceta de su identidad.
“He tomado más y más clases”, dice. “No sé exactamente cómo va a cuadrar el español en mi vida. Pero tiene que estar ahí, tiene que ser parte de ella”.



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