cronicas.htm

BUSCADOR


WWW
Adelantesi.com

Las creencias indígenas y negras reinventaron el catolicismo en Latinoamérica
FusiÓn de Fe


Reportero de Adelante

LAURA POHL/
Adelante

Objetos religiosos como esta vela revelan la conjunción de credos.

Son las 7 de la mañana. Las campanadas de la iglesia se pierden entre los primeros golpes de tambor. Poco a poco van llegando a la plaza los tamboreros, o chimbangueles como se les conoce, armados con sus “requintos” y sus varas de caña. Vestidos con camisas blancas y sombreros de paja, los fieles llegan bailando al ritmo del tambor hasta la entrada del pueblo, donde el Santo Negro será sacado de su capilla y llevado en procesión hasta la iglesia principal. En las calles el río de gente se mueve hipnotizada por el constante repique de los requintos, como una densa máquina lubricada por el sudor del Caribe y los vapores del ron, sustituto del agua bendita por un día.
En la plaza frente a la iglesia, la impávida estatua de Simón Bolívar, que preside la mayoría de las plazas de Venezuela, es testigo de una verdadera celebración donde la gente recita, al ritmo del tambor, el mantra que rige esta ceremonia: “San Benito lo que quiere es que lo bailen las mujeres”. La fiesta se prolonga hasta el amanecer. Al siguiente día, luego de una procesión por todo el pueblo, el santo es bajado de nuevo por sus “vasallos” vestidos de faldas de palma y sombreros rojo brillante.
Para el católico medio, la anterior descripción estaría lejos de ser una fiesta religiosa que se celebra el 25 de diciembre. La fiesta de San Benito de Palermo, en el pueblo de Betijoque, en el occidente de Venezuela, es uno de los muchos ejemplos de cómo la herencia africana ha influenciado algunas de las celebraciones que rigen el calendario litúrgico católico. Este proceso de difusión y préstamos culturales, un fenómeno de larga data que no es exclusivo de América Latina y África, se denomina sincretismo.
El sincretismo religioso es una de las consecuencias de la fusión de culturas. En la vastedad de Latinoamérica se pueden encontrar muchos otros ejemplos de sincretismo. La procesión de El Señor de los Milagros, una estampa de Jesús de piel oscura pintada por un esclavo de Angola en 1651, convoca multitudes en Perú lo mismo que la devoción a San Martín de Porres, un fraile dominicano negro que fue canonizado 300 años después de su muerte.
“Las culturas establecen contactos, y de estos contactos surgen nuevas tradiciones que toman elementos de las culturas matrices”, dice el sociólogo venezolano Gabriel Andrade, investigador en la Universidad del Zulia en Maracaibo, Venezuela. “Así, el cristianismo bien puede pensarse como un producto sincrético del judaísmo, del neoplatonismo y del racionalismo griego, y la santería cubana como un resultado sincrético del catolicismo y delas religiones tradicionales africanas”.
Andrade cita un caso muy particular de sincretismo en Venezuela, el culto a María Lionza. En esta devoción, que tiene fieles en todo el Caribe, no sólo se conjuga la cosmología propia de los indígenas, sino también elementos del catolicismo español y de la tradición africana que trajeron los esclavos al país.
Miles de seguidores veneran la imagen de la diosa, una virgen desnuda que monta una danta (tapir) a través de las boscosas montañas de Sorte, en el occidente de Venezuela. Se piensa que María Lionza es una variante de los arquetipos de la Tierra Madre. La contribución más importante de la tradición africana a este culto son las nociones de posesión y comunicación con los espíritus, así como la idea de una corte, al modo de las religiones afrocubanas.
“Se trata de un panteón con María Lionza a la cabeza, el Negro Primero, un famoso esclavo, el jefe indígena Guaicaipuro y ocasionalmente, el venerable católico venezolano José Gregorio Hernández como figuras menores del panteón”, dice Andrade. “En el culto a María Lionza hay cortes lideradas por cada una de estas figuras”.
La influencia africana es más evidente en la Santería Afrocubana, o Regla de Ocha, conjuntamente con su variante brasileño, el Candomble, y su pariente haitiano, el voudun o vudú.
La santería tiene su origen en el pueblo Yoruba de Nigeria y floreció en Cuba, a donde los esclavos llegaron luego de que la revolución haitiana forzara el traslado del monopolio de la caña de azúcar. Algunos fueron obligados a trabajar entre 18 y 20 horas por día en los cañaverales. Otros, debido a lo avanzada de su civilización, fueron tomados como sirvientes en las casas de las principales familias de La Habana y Santiago para usar sus habilidades como herreros, artesanos y costureros, de acuerdo a Mary Ann Clark, profesora de estudios religiosos en la Universidad de Houston.
En estas ciudades cubanas, los españoles establecieron “cabildos”, lugares donde los africanos podrían rendir culto a sus dioses y encontrar un alivio a su condición de mano de obra forzada. Los españoles establecieron algunas leyes, pero básicamente los esclavos podían hacer allí lo que quisieran.
“La Iglesia no estaba persiguiendo a la gente por su religión”, explica Clark. “Lo que intentaban era atraerlos de manera benévola, respetando su religiosidad y sus tradiciones”.



bullet
bullet
bullet
bullet
bullet
bullet
bullet

LINKS


TOP OF PAGE © Adelante - Columbia Missourian Publishing - School of Journalism at the University of Missouri