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mi abuelita...
No hablo español. Hablo “spanglish”- inglés con una pizca de mi herencia hispana. El español captura la emoción del hogar. Algunas palabras danzan en mi corazón cada vez que emergen de mi lengua. Abuelita es una de ellas. En inglés significa pequeña abuela. Su traducción al español implica un significado mucho más simbólico. Abuelita representa recuerdos vivientes y perennes — jardines de rosas de lavanda y plantas unidas por medias para estimular su crecimiento. Son canciones cantadas sobre un pedestal de tonos silenciosos y de una buena vida vivida sobre las huellas dejadas por todas las matriarcas mexicanas del pasado. Mujeres quienes cuidadosamente envolvían tortillas y cosían pequeñas y ceñidas costuras para velar por el cuidado de sus familias. Mi abuelita estaba decidida a enseñarme estas tradiciones, lo cual no era una tarea muy fácil ya que yo era un poco renuente a ello. Uno de aquellos veranos fue el momento clave para que yo dejara de correr por las calles y me dispusiera a aprender a coser. Yo era una niña traviesa de 12 años y en ese momento estaba más interesada en liderar una cuadrilla de niños, pero me metieron forzosamente dentro de la casa, por lo cual pataleé y grité literalmente con el fin de resistirme a un verano que se percibía como la ruina total. No obstante, entre junio y julio las cosas cambiaron. Estaba lidiando con una costura que se me deshilaba por quinta vez cuando mi abuela comenzó a hablar de su vida. Esa era la primera vez que escuchaba acerca de los detalles caóticos de su vida. Su matrimonio no había sido bueno. Hubieron momentos aterradores – por ejemplo cuando se plantó delante del padre de sus hijos para defenderlos de la ira que su esposo cultivaba en el fondo de una botella de ginebra. Para los años 40 este tipo de comportamiento era totalmente impensable para una mujer católica. Finalmente se divorció y crió a sus ocho hijos ella sola. Nunca se volvió a casar y prefirió rodearse de amigas poseedoras de un gran carácter. Por años fueron como una familia que compartía tanto alegrías como tristezas. Cuando alguna de ellas estaba enferma, mi abuelita caminaba varios kilómetros para llevarles sopa de pollo casera. Cuando ella estaba enferma, sus amigas hacían lo mismo por ella. A pesar de la violencia y la angustia del pasado, ella todavía poseía la cualidad de volver hacia atrás en el tiempo para recordar aquel primer beso que había sonrojado sus mejillas. Y si bien no podía cargar una radio cuando estaba en una carretilla, mi abuela de todas maneras se ponía a cantar. Ese verano aprendí a coser pero también aprendí bastantes canciones. Recuerdo entre ellas a “ No sé por qué te amo como te amo”, la cual inspiraba a pensar en el amor y “ Bendito, bendito, bendito sea Dios”, un himno que eventualmente lo convertí en una canción de cuna. Más allá de todo eso, aprendí que detrás de todo este asunto de coser se anidaban conceptos de un gran valor moral y espiritual. Aprendí acerca del poder del algodón, sobre el legado de una comunidad y sobre el poder de reunir los fragmentos de una vida que detenta el presente para mejorar el pasado. Si mi abuelita viviera, seguramente no aceptaría que el uso que le doy a mi máquina de coser es más bien como vel de una mesa para apoyar el teléfono. Probablemente sacudiría su cabeza con disconformidad y diría “Oye M´ija, que vergüenza” cuando me viera servirle a mis hijos comidas que se hacen en tres minutos en el microondas. Sin embargo, más allá de que tengo ciertas falencias en las tareas domésticas, creo que estaría orgullosa de ver que las lecciones más importantes que me enseño, siguen viviendo dentro de mi. Como no tengo una hija, he tratado de ajustar las sapiencias del género femenino para que mis hijos varones puedan recibir la esencia de esas lecciones de vida. A pesar de sus protestas y sus ojos errantes, insisto en que aprendan a arreglar un botón o a hilvanar una puntada. Los he rodeado de una sólida comunidad conformada por hombres y mujeres. Cuando alguno de ellos se encuentra enfermo, paramos a comprarles sopa de pollo. Ellos suelen hacer lo mismo por nosotros. Cuando transcurren tiempos difíciles o cuando alguno se enfada con el otro, cantamos “ No sé porque te amo como te amo”. Lo hacemos con ternura, con sinceridad y con firmeza. Cuando a veces mis hijos están durmiendo y siento que están un tanto mayores para las canciones de cuna, les canto suavemente en los oídos Bendito, Bendito. Estoy comenzando a proyectar en mi mente a los hombres en quienes se convertirán, y cuando lo hago me llena de orgullo sentir la presencia de mi abuelita. La historia de mi abuelita se fusiona con la de mis hijos, y de ambas historias se desprende la sensación de fuerza, de entereza y de habilidad para seguir riendo y amando. Porque la fábrica más fuerte de una generación puede ser dañada independientemente de su sexo, y las mejores canciones siempre pueden ser cantadas en cualquier clave. |
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