cronicas.htm

BUSCADOR


WWW
Adelantesi.com


Bolivar, Missouri: No hay casualidades

En las montañas de los Ozarks descubrí lo que
significa ser venezolano

Fotos de Douglas Greene/Adelante
Julio Urdaneta, reportero de Adelante, examina una de las estatuillas pertenecientes a la colección que se encuentra en el despacho del alcalde de Bolivar, Missouri. Las imágenes muestran distintos pasajes de la vida del Libertador.

Miles de kilómetros al norte, lejos de la casona colonial del centro de Caracas donde nació y del panteón donde ahora descansa, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios vive en un perenne homenaje. En las montañas de los Ozark, un paraje quizás nunca visto por el Libertador, su estatua preside solemnemente la plaza principal de un pueblo que lleva su nombre. En la ciudad de Bolivar, Missouri, se siente el genuino orgullo de sus habitantes por el nombre del Libertador. Esta conexión con un hombre de tan altos ideales ha hecho de esta comunidad una ciudad consciente de la diversidad cultural y de sus conexiones con el mundo.
En vísperas de venir a los Estados Unidos, en Valera, mi ciudad natal en Venezuela, mi curiosidad me llevó a revisar un mapa de Missouri. Ésta aumentó al notar que existía una ciudad con el nombre de Bolívar a 3.877 kilómetros al norte de mi pueblo. Aunque Bolivar, Missouri, no es el único lugar en el estado con un nombre ligado a América Latina, por obvias razones estaba más interesado en conocer el lugar que sonaba más venezolano que el resto.
En estos momentos, el nombre de Simón Bolívar tiene una especial resonancia dentro de Venezuela. Una resonancia que no había tenido desde la época de la Guerra de la Independencia. Erguido por algunos como estandarte de un proyecto de gobierno, el término bolivariano se ha convertido en mi país en un estigma para todo lo concerniente al Presidente Chávez y a la política de su gobierno. En medio de las diatribas diarias que amenazan con materializar la guerra civil tácita que se vive en Venezuela, el nombre del Libertador luce minimizado, como acuñado en una moneda falsa, desgastado por el uso.
El miedo a un eventual conflicto en mi país, exacerbado por encontrarme lejos de mi familia, se desvaneció por un momento cuando llegamos a Bolivar, Missouri, adonde fui para realizar nuestra investigación sobre las ciudades y pueblos del estado que tienen nombres conectados con América Latina.
A mi llegada a la Alcaldía de Bolivar me recibe un tapete de The Bolivar Liberators. Un óleo de Bolívar a caballo me transporta por un momento a aquellas viejas casas andinas que sirven de sedes de gobiernos locales en mi región. Cuadros de indígenas Yanomamis y una foto del submarino nuclear de la Marina de los Estados Unidos, llamado el U.S.S Simón Bolívar, contribuyen a mi asombro. El Alcalde Charles Ealy nos recibe y con su acento sureño nos indica que a pesar de que ha sido invitado en varias oportunidades aún no ha podido visitar Venezuela, aunque siempre lo ha querido. Adornando su oficina hay figuras que muestran distintos momentos de la vida del Libertador, así como una bala de cañón usada en el barco que llevó a Bolívar desde Haití a Venezuela.
Johnny Ramírez reside en Bolivar. Tiene el porte callado de aquellos que viven temerosos de Dios: pálido, de grandes ojos marrones y alto. Pienso que fácilmente puede pasar por un gringo más. Al verlo en la alcaldía siento que no desentona con el resto de los presentes. Su acento caraqueño lo delata. “No existen casualidades”, me asegura impresionado de encontrarse con un compatriota. Afirma que dejó el sol inclemente de Puerto Ordaz, Estado Bolívar, para instalarse hace ya 8 años al sur de Missouri. Con los ojos vidriosos recuerda el día en que un amigo lo invitó a una iglesia de Bolivar. Enmarañado en medio del marasmo de los acentos, pensó que se dirigían a “Boulevard” hasta que vio la esta-tua y las banderas. En ese momento pensé: No hay nada más venezolano que la noción de que todo tiene su momento, de que todo es parte de un ciclo, de que no hay casualidades.
Johnny me habla de mi paisano, Humphrey Accary. Artista plástico de Valera, acaba de estar en Bolivar, donde realizó una muestra de su obra. Johnny le mostró fotos de su trabajo al alcalde, quien de inmediato invitó a Humphrey a venir al pueblo. Su exposición de 25 piezas sobre distintos momentos de la vida del Libertador (desde la esclava que lo amamantó hasta su juramento en Roma que liberaría a América de los españoles) se encuentra ahora en el despacho del alcalde. Dos valeranos en menos de un año en Bolivar. Insisto, no hay casualidades.
El viento frío del otoño sopla en los Ozarks. Dale Newcomb, el secretario de gobierbi ha recibido instrucciones por parte del Alcalde Ealy para enseñarnos la ciudad. Ese mismo viento frío ha hecho que el mármol original del podio donde se levanta la estatua del Libertador haya sido sustituido por un solemne granito negro. La estatua se encuentra en la plaza principal, la Plaza of the Americas. Una fuente seca tiene como fondo los mapas de los cinco países liberados por Bolívar. Newcomb es un caballero de habla pausada. A través de sus gafas se puede ver lo orgu-lloso que se siente de llevar a un equipo de prensa por la ciudad, por su ciudad. Una visita al cuerpo de bomberos para ver la insignia del Libertador ecuestre en los enormes camiones rojos precede nuestro encuentro con la persona encargada de organizar los actos del 50º aniversario de la dedicación de la estatua.
Denni McColm, de pelo castaño corto, porte de cisne y ojos marrones, es una típica belleza del medio oeste de los Estados Unidos. Sus ojos se iluminan cuando habla de Ciudad Bolívar, del Río Orinoco, del Salto Ángel. Nos entrega los distintos pe-riódicos y medallas conmemorativas, todos con la efigie del Libertador. Cuadros con vivos colores, de esos que sólo compran los turistas en el barrio colonial de Ciudad Bolívar, adornan su oficina. No tiene reparos en afirmar que la gente del pueblo se emociona cuando alguien viene a hacerles reportajes sobre su conexión con América Latina.
Ya es de noche y Newcomb nos transporta hasta el estacionamiento donde está nuestro carro. No quiere perder la oportunidad, antes de irnos, de dar una declaración oficial a lo que evidentemente se aprecia: “La ciudad está orgu-llosa de su nombre y de su herencia”. Me doy cuenta que a miles de kilómetros al norte de San Pedro Alejandrino, donde murió el Libertador, del Chimborazo, donde según su recuento éste habló con el dios Tiempo, de la Lima de su adultera amante la coronela Manuelita Sáenz y de su abrumada Caracas, el sueño de Bolívar de una comunidad justa, ecuánime y orgullosa de sus raíces se hace vivo. Y ocurre, aquí, en Missouri, en el Medio Oeste estadounidense. Satisfecho de esta experiencia surrealista, sonrío para mí mismo ya sin asombro porque, como bien decimos los venezolanos, “No existen las casualidades”.

 



bullet
bullet
bullet
bullet
bullet
bullet
bullet

LINKS


TOP OF PAGE © Adelante - Columbia Missourian Publishing - School of Journalism at the University of Missouri