Todos los viernes
sobre las 6:30 p.m., durante dos meses, me senté en
el segundo banco del andén número 5 de
la estación de trenes de Atocha, en Madrid.
Esperaba a que llegase el Talgo que había de
llevarme a Murcia, en la costa Mediterránea,
donde trabajaba los fines de semana.
Siempre llegaba a la estación media hora antes
de que saliera mi tren, y me sentaba en el mismo banco
con un libro entre las manos. Pocas veces llegué a
leer siquiera un par de párrafos. El ajetreo
de las vías atraía mi atención
constantemente.
Los trenes iban y venían, precedidos de un gemido
monótono. Sus vagones iluminados con luces de
neón amarillento dejaban en-trever rostros de
lo más variopinto. En el gris de los andenes
vecinos otros rostros salpicaban de color la estampa
urbana. Algunos se escondían detrás de
periódicos, otros aparecían soñolientos,
incluso los había curiosos, asomándose
a la vía.
¿A dónde irá aquel hombre negro
de cuya mano agrietada cuelga un niño? ¿Y
ese grupo de adolescentes ruidosas, vistiendo minúsculas
falditas ‘a la moda’? ¿O aquel muchacho
con rasgos árabes que mira al suelo mientras
su compañero le susurra algo al oído,
parece triste...? Todos los rostros que alguna vez
vi desde aquel andén escondían una historia
que yo jugaba a descifrar.
Hoy, al contemplar los destrozos que ha ocasionado
la bomba en la estación de Atocha me han venido
a la mente algunos de esos rostros y no he podido contener
las lágrimas. ¡Tantas historias truncadas
por la tragedia!
Quiero pensar que el escritor Claudio Magris tenía
razón al señalar que la vida se decide
entre la parada y la fuga, en esos instantes de espera
en la cola del banco, o al encontrarse con la persona
amada, en el deseo de escuchar la respuesta que se
anhela o mientras llega el tren a la estación.
Si lo pienso, si lo creo con todas mis fuerzas, es
posible que quepa el sentido en la vida y en la muerte
de todos los rostros que desaparecieron súbitamente
o se vieron mutilados el 11 de marzo y que quizás
una vez descubrí desde el andén número
5 de la estación.