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El “Sinsentido” humano en estado puro

Jon
Ariztimuño

A mí la tragedia me despertó en forma de llamada. Samuel, un amigo de esos de verdad, marcó mi número para preguntarme: “¿Estás bien?”. Todo lo demás es ya historia: mochilas-bomba, trenes ... y la mayor masacre terrorista en la historia de Europa. El “sinsentido” humano en estado puro.
Así comenzaba un día lleno de emociones y un intenso período de cuatro días que incluso acabaría cambiando al gobierno de España.
Los sentimientos oscilaban en distintos niveles. Me emocionó ver cómo tanta gente hizo como Samuel y cogió el teléfono para preocuparse por mí. Muchos saben que soy usuario habitual del transporte público. Son esos momentos cuando uno da importancia a lo más sencillo de la vida: la familia y la amistad.
Sentimientos, decía, que cada uno canaliza a su manera. Hubo gente que fue a donar sangre, a rezar o a encender velas. Yo no hice nada de eso. Me quedé todo el día mirando el televisor, embobado, absorto, intentando comprender lo incomprensible y asistiendo a aquella especie de película macabra a través de esa fría distancia de irrealidad que da la televisión. Esa televisión que es capaz de mezclar en dos minutos el drama de aquella masacre con anuncios de sopa instantánea. El “sinsentido” humano en estado puro.
También era difícil comprender la absurda lotería que eligió matar a los usuarios del tren de las 7:23 a.m. y no al que salió cinco minutos antes o al que iba a salir cinco minutos después. Yo podía haber estado allí pero la suerte hizo que la noche anterior viajara en tren desde la estación de Atocha — y no aquella mañana de muerte.
Una semana después, volví a Atocha. Un golpe de calor me azotó la cara cuando entré en una de las zonas de tránsito de viajeros. Miles de velas encendidas formaban una especie de santuario urbano. Flores, osos de peluche, cartas, fotos recuerdan aquellas historias llenas de vida con las que el “sinsentido” humano en estado puro acabó. Varias personas miraban aquello y enjugaban lágrimas. Varios metros más allá, trabajadores y familias se iban a casa, al trabajo o a hacer las compras.
La vida continuaba.



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