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¿Quién da más?

reportera de Adelante

¡Ya no se puede ser ni pacifista!

AP Photo/Cesar Rangel

Carrying a photo of President Bush and Spanish Prime Minister Jose Maria Aznar labeled "Mr. and Mrs. Death," demonstrators march through central Barcelona, Spain, Saturday, March 22, 2003, to protest the war in Iraq. Aznar's approval rating has dropped 10 points in three months, tumbling to 31 percent. Sign behind reads, in Spanish, "Killers to The Hague."

Hasta hace unos días, los españoles se manifestaban masivamente contra una guerra que su gobierno se empeñaba en apoyar, a pesar de la falta de respaldo popular. Ahora muchos nos preguntamos cómo las jornadas de protesta han pasado de ser consideradas “festivas” por su carácter jovial y distendido a tachadas de “violentas”.

Son pocos, pero suficientes para causar importantes destrozos, los que hoy se han confundido con los manifestantes en las calles de distintas ciudades españolas y han arremetido contra centros comerciales, establecimientos de comida rápida, sedes de partidos políticos y mobiliario urbano, en general, al grito de “¡No a la guerra!”

¿Cuándo fue nuestra exigencia pacifista presa de los salvajes, de los violentos, de los pendencieros? ¿Cómo es posible que se utilice la tragedia humana de la guerra como excusa para cometer actos de vandalismo?

No son, sin embargo, estas actuaciones peores que las de muchos otros que, haciendo alarde de un cinismo brutal, han comercializado con esta crisis desde sus albores.

Abrieron la veda los partidos de la oposición gubernamental y los sindicatos, politizando las protestas ciudadanas. Lo tenían fácil: a tan sólo un año de las elecciones generales, el pueblo salía a la calle en masa para mostrar su descontento con la actuación del gobierno y ellos se erigían como la voz que los respaldaba en las altas instancias.

Los medios de comunicación no tardaron en sumarse a la polémica. En la cadena de televisión pública, que tiene carácter gubernamental, más de un presentador se vio en apuros al escapar a su control un espectador que exigía la paz en plena emisión en directo. Tampoco las críticas lanzadas por este motivo desde programas de entretenimiento de las cadenas privadas, en los que se aprovechaba el tirón pacifista subir las audiencias, resultaban más respetables.

Después entraron en juego los manifestantes violentos y ofrecieron al gobierno argumentos de peso para descalificar las movilizaciones ciudadanas que venían minando su imagen pública.

 

¡Y ahora son los estudiantes los que han entrado en el mercadeo!

Parece no haber más vía para la protesta que vaciar las aulas o realizar encierros nocturnos en las universidades que nada tendrían que envidiar a la fiesta adolescente más alocada. No todos desvirtúan con su actitud la reivindicación pacifista, pero lamentablemente son bastantes los que no ven en estos actos más que un pretexto para eludir impunemente las clases.

¿Quién da más?

Ante paisaje tan desolador sólo cabe preguntarse si a alguien le preocupa verdaderamente la guerra: los miles de desplazados, las víctimas civiles, la destrucción, el odio, la barbarie… Y sí, aunque se tenga la impresión que a la mayoría de los europeos nos traiga sin cuidado, también las muertes de jóvenes soldados ingleses y norteamericanos. A algunos de verdad nos preocupa.

¿Pero qué acto de rebelión nos queda a los que no queremos entrar en la dinámica de convertir el grito pacifista en una pieza de subasta al mejor postor? Parece que, hoy por hoy, tan sólo la condena reiterada e implacable de toda esta farsa.

No va más, señores.

 



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