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Acción afirmativa, universidad de Michigan y YO

traducido por Marina Walker

silvia lazos

Hacer cálculos acerca de cómo fallará la Corte Suprema en casos importantes es tan arriesgado como apostar en las carreras de caballos. Luego del debate oral del caso racial más importante a ser resuelto por la Corte en los últimos 30 años, parece que la acción afirmativa continuará existiendo de algún modo. Por otro lado, es posible que la facultad de derecho de University of Michigan tenga que ceder en algunos puntos de su programa de admisiones (Grutter vs. Bollinger) y que el ingreso de estudiantes obtenga una pequeña tregua (Gratz vs. Bollinger), debido a ciertos tecnicismos.
La conservadora Corte de Rehnquist no ha mirado con buenos ojos las demandas por derechos civiles basadas en temas raciales. Cerca de diez años atrás, causó conmoción con su fallo en el caso Adarand vs. Peña. La ciudad de Atlanta había creado un programa que premiaba con puntos extra a los negocios cuyos dueños pertenecían a alguna de las minorías raciales. Se trataba de un intento político por reconocer que las prácticas de Jim Crow habían influido en el modo en que el gobierno hacía sus negocios, en una ciudad donde los negros eran la mayoría. La Corte resolvió que métodos como aquél, basados en cuestiones raciales, no eran lo suficientemente acotados para ser considerados constitucionales. Antes bien eran demasiado amplios y violaban los derechos de los contratistas blancos, de acuerdo con esta resolución.
En el ámbito educativo la acción afirmativa siempre ha tenido un tinte diferente. Por su proximidad, toca el centro neurálgico de la emotividad de los estadounidenses. Es que la acción afirmativa puede incidir directamente en la posibilidad de que un ser querido ingrese o no en una universidad de élite. El acceso a estas universidades exclusivas determina quiénes serán los líderes políticos, militares y educativos del país. Basta considerar que la acción afirmativa para hijos de ex alumnos y sureños, además de otros factores tomados en cuenta en el proceso de admisión de universidades como Yale y Harvard, benefició ampliamente a George W. Bush. Si Bush hubiera estudiado en Midland Community College en lugar de Yale o Harvard, ¿sería presidente de los Estados Unidos? Hago esta pregunta sólo para demostrar cuánto influyen las instituciones de élite en las vidas de los estudiantes.
Quienes se oponen a la acción afirmativa dicen que el argumento racial no tiene justificativo constitucional a la hora de otorgar oportunidades. En teoría, todos coincidimos en este punto. Pero en la práctica este principio es más espinoso. No tomar en cuenta el aspecto racial conduce a resultados que perpetúan los desequilibrios raciales del pasado. Recordemos que sólo dos generaciones atrás las oportunidades de vida de una persona podían ser limitadas legalmente en base a cuestiones de raza o género. Bajo esta teoría sería legal para los Georges W. Bushes del mundo ganar ventaja sobre otros sólo porque sus padres y abuelos tuvieron privilegios. Entonces una Condolezza Rice o un Collin Powell, cuyos padres y abuelos nunca tuvieron la oportunidad de asistir a colegios de élite, pero cuyos tragos amargos en la escuela debido al tema racial los convirtieron en líderes genuinos, correrían con desventaja en Yale o en Harvard frente a un George W. Bush (suponiendo que tuvieran iguales notas y puntaje). De acuerdo con sus argumentos orales, dos jueces, Scalia y Rehnquist, consideran que este punto de vista es correcto.

Rick Bowmer / AP

Un manifestante parado en los escalones del Lincoln Memorial en Washington D.C. durante una protesta el 1ro de abril.

El resto de los jueces se encuentra en un punto intermedio. Este es un terreno traicionero. En argumentos orales los magistrados mostraron que reconocen el impacto político y social que traería aparejado un proceso de admisión a la universidad que sólo tuviera en cuenta el puntaje de los exámenes. La cruda verdad es que los exámenes de admisión, como el SAT y el ACT, han revelado desde los días de Jim Crow un mejor rendimiento de los blancos en comparación con las minorías. Algunos consideran que esto no implica diferencias de aptitud, ya que los puntajes no se correlacionan con el éxito académico. Otros, en cambio, argumentan que esta modalidad de exámenes está teñida racialmente desde los primeros días del desarrollo de los exámenes de aptitud, cuando los negros rendían mejor que los blancos y los exámenes eran objetados por contener “errores”. Finalmente, algunas personas explican la brecha entre blancos y minorías desde el punto de vista de un fenómeno psicológico que ha demostrado que las minorías tienen bajo rendimiento en exámenes donde es sabido que estos grupos no alcanzan un puntaje deseable, algo así como una profecía auto-cumplida. Quizás lo más importante de todo esto es que el 80 por ciento de las minorías raciales concurren a escuelas públicas de bajo rendimiento académico, y no están tan bien preparadas como deberían.
Nadie puede explicar aún el por qué de la brecha, pero su existencia afecta al grupo de estudiantes llamados “calificados” que se postulan a las universidades del país. Si la raza no fuera usada como criterio en el ingreso, las clases en Harvard y en otras universidades de primera línea del país tendrían una amplia mayoría de estudiantes blancos. Las academias militares, por ejemplo, reconocen que utilizan acción afirmativa basándose en la raza y argumentan que esta es la única forma de asegurarse que se gradúe el número necesario de oficiales para comandar una fuerza militar donde más del 30 por ciento de sus miembros pertenecen a minorías raciales. El juez O’Connor descubrió que en las dos escuelas de élite de derecho del estado de California, que ahora tienen prohibido tomar en consideración la raza del postulante en el ingreso, se gradúan de cero a 14 abogados negros por año. Y esto sucede en un estado donde las minorías son ahora mayoría. Al igual que muchos estadounidenses, los jueces consideran que estos efectos potenciales son alarmantes. Y por esto la acción afirmativa tiene posibilidades de sobrevivir.
El demonio siempre se esconde en los detalles. Elaborar métodos que aseguren un número adecuado de minorías en las universidades y considerar que los puntajes de los exámenes reflejan el rendimiento del alumno, hace del ingreso una danza engañosa, un verdadero paso doble, que avanza y luego retrocede. Y por esto la University of Michigan perderá su batalla. La mayoría de los jueces estuvieron en desacuerdo con la cantidad de puntos que la universidad otorga a un postulante que pertenece a una minoría. Bajo el sistema de puntaje de ingreso de la University of Michigan, las minorías reciben 20 puntos extra por su condición de tales, en comparación con los 10 puntos que recibe un postulante que sobresale como atleta o uno que tiene dificultades económicas. Sólo los hijos de ex alumnos reciben las mismas ventajas que las minorías. Los jueces Scalia y Rehnquist, al igual que el presidente Bush, consideraron que este modelo equivalía al sistema de cupos. Pero la verdad es más compleja. Michigan dice que quiere una “masa crítica” de minorías en su matrícula, entre el 8 y el 12 por ciento, porque, según ellos, este es el punto en el que los beneficios de tener minorías comienzan a cristalizarse. Con esa masa crítica, los estudiantes que pertenecen a minorías raciales ganan confianza. Y pueden empezar a discutir con profesores y compañeros acerca de cómo la raza afecta el modo en que uno se aproxima a la realidad. Para asegurar este ambiente educativo es que la University of Michigan propuso el modelo de ingreso que describimos antes. Aunque no es un sistema de “cupos”, es muy posible que la Corte Suprema diga que este esquema no es lo suficientemente acotado para ser considerado constitucional. Por eso, es probable que la University of Michigan pierda el caso.
Este resultado salomónico dejará insatisfecha a la mayoría. Refleja, además, un mundo imperfecto, donde el color de la piel sigue siendo importante, donde el puntaje de los exámenes de ingreso es sobreestimado, y donde las instituciones educativas y los adultos no han sabido enseñar hasta qué punto la raza influye en la realización del sueño americano. Estos esquemas imperfectos son típicos de resultados legales. Los estadounidenses aún se deben una respuesta acerca de si la acción afirmativa es una política que el país debería continuar alentando.
Desgraciadamente, el debate legal ha ensombrecido el progreso que los EE UU ha hecho en materia racial gracias a la acción afirmativa. Esto no forma parte de los autos jurídicos y sus costados positivos y sus complejidades se pierden en el debate legal. Permítanme que relate una anécdota personal a modo de ejemplo. Me gradué en 1986 en la facultad de derecho de la University of Michigan, que participa de uno de los casos de acción afirmativa que hemos mencionado. De acuerdo con los registros de la Corte, yo me he beneficiado ampliamente en el ingreso a esa universidad por el hecho de ser hispana. Mientras cursaba en la facultad de derecho yo era consciente, como creo que el juez Thomas debió haber sido consciente mientras estudiaba en la escuela de derecho de Yale, que muchos de mis compañeros consideraban que mi presencia allí no era merecida, que yo no estaba suficientemente “calificada”. El pensamiento de estos estudiantes blancos nunca tomó la forma de ataque directo — algo así hubiera sido muy grosero para la sensibilidad del centro-oeste americano. Este entorno nunca afectó la imagen que yo tenía de mí misma porque me gustaba la facultad y disfrutaba intensamente los desafíos que me planteaban los profesores. La cultura jurídica de argumentación y competitividad le sentaba como un guante a mi personalidad. Estaba tan feliz de haber encontrado mi vocación, que minimizaba los celos latentes e, incluso, en algunas oportunidades enfrenté astutamente a estos compañeros. Pero no todos los estudiantes de derecho que pertenecen a alguna minoría tienen experiencias similares. Pienso que el juez Thomas, cuya biografía revela una mayor sensibilidad respecto a los agravios raciales, experimentó la rudeza de sus compañeros en forma más directa o personal. Esto tal vez explica su oposición a los programas especiales para minorías en el caso Adarand vs. Peña, donde concluye que la acción afirmativa perjudica a las minorías al reforzar estereotipos raciales. El juez Thomas cree, no obstante, en la validez de los colegios públicos para negros, aunque probablemente continúe rechazando programas de acción afirmativa que beneficien a las minorías raciales. De modo que, aún cuando el magistrado apoya la diversidad en educación, es posible que vote en contra de los programas de ingreso de la University of Michigan.
La facultad de Derecho me enseñó algo más. Por primera vez en mi vida hice contacto con descendientes de familias ricas. Mi origen humilde nunca me permitió entrever cómo vivía el 10 por ciento más acomodado de la población. Pude ver cuántas ventajas le había traído el dinero a estos compañeros. No sólo sus padres pudieron mandarlos a mejores escuelas secundarias, algo que hubiera sido imposible para mi familia, sino que pudieron gozar de otros beneficios como viajes a Europa, escuelas de verano en Harvard y, lo más importante, no tener que trabajar ni un día de sus vidas para comprar ropa y comida. Todo un lujo, toda una ventaja.
Mi rendimiento académico en la facultad de derecho me permitió graduarme entre los mejores alumnos de mi clase. Pude, además, obtener preciadas cartas de presentación como ser miembro de la Law Review. Pero para mí la experiencia universitaria más valiosa fue la de haber sido presidente de la Asociación de Estudiantes Hispanos de Derecho. Allí aprendí cuán diferentes somos los latinos. Por primera vez encontré puertorriqueños de las montañas del Jíbaro, conocí a cubanos-estadounidenses que exhalaban su odio por Castro y el comunismo, y aprendí acerca de la aspereza de la vida de los cosechadores. Aprendí a ser comprensiva respecto de las diferencias con que los individuos interpretan su experiencia racial como minorías. Comprendí que muchos de mis compañeros no estaban disfrutando de la universidad, sino que se sentían subestimados por un entorno educativo al que consideraban frío e impersonal, y que los hacía sentir siempre en falta.
Como estudiante sé que la llamada “masa crítica”, por la cual luchan la University of Michigan y otras instituciones de élite, no da “comodidad” a las minorías. Muchos estudiantes, incluidas las minorías, se sienten ajenos a un proceso educativo que experimentan como alienante. El método Socrático enseña derecho exponiendo a un alumno frente a la clase mientras el profesor lo bombardea con preguntas y marca cada uno de los errores de su pensamiento lógico y analítico. La alineación no tarda en llegar. Entonces, lograr esa “masa crítica” no significa hacer sentir “cómodo” al alumno, aunque como el juez Ginsburg ha señalado en argumentos orales, sí libra a estudiantes individuales de sentir que sus fracasos afectan el prestigio de todo su grupo, una experiencia que Ginsberg compara con la de la jueza O’Connor, pionera en los temas de género.
Como profesora de derecho, entiendo por qué los profesores de la University of Michigan valoran la “masa crítica”. Tener un número adecuado de minorías activas y comprometidas hace que la enseñanza sobre temas raciales sea más fácil y efectiva. Es más “auténtico” cuando un estudiante negro da una apasionada argumentación jurídica acerca de por qué el tema racial tiene que ocupar un lugar importante en la elaboración de las leyes o por qué la discriminación inconsciente crea un perjuicio. Ni siquiera un profesor que pertenece a una minoría puede ser tan convincente en estos argumentos como un alumno; fuera de los libros, los profesores no tienen demasiada credibilidad. Cada año, encuentro más y más estudiantes blancos que nunca han tenido una amistad o una conversación profunda con un negros o un latino de origen humilde. Esto refleja la cada vez mayor separación entre las clases altas y medias-altas, y las clases trabajadoras en los Estados Unidos. Será cada vez más difícil enseñar acerca de asuntos que afectan a la justicia social, y es aquí donde las minorías en desventaja resultan un valioso recurso para las universidades. Puede que algunos no valoren este recurso, como el ex profesor de derecho Scalia, que enseñaba Derecho Comparativo. Pero la mayoría de los profesores de derecho sí lo valoran, como los ex profesores Ginsburg y Breyer, que enseñaron Derecho Constitucional y Administrativo, respectivamente.
Como abogada y educadora, he dedicado mucho tiempo a diversas actividades cívicas, me he esforzado por ayudar a los blancos a entender a las minorías, y he luchado para lograr cambios políticos e institucionales que beneficien a las minorías en su esfuerzo por construir su versión del sueño americano. Un estudio de la University of Michigan que forma parte de los registros jurídicos, muestra que esta trayectoria se repite en la mayoría de los graduados que pertenecen a una minoría racial. Quizás se debe a que los graduados reconocen cuán afortunados fueron. El título de la University of Michigan me dio una serie de éxitos profesionales difíciles de cuantificar. Es este beneficio el que me obliga a trabajar por un mejor entendimiento racial. De acuerdo con el estudio de la University of Michigan, la mayoría de mis compañeros graduados que pertenecen a minorías raciales sienten lo mismo que yo. Sin acción afirmativa, las instituciones de élite dejarán de producir este tipo de líderes. En su lugar producirán aquellos que continuarán reproduciendo los desequilibrios del pasado, cuando la clase dirigente estadounidense era predominantemente blanca. Por eso, creo que a otras instituciones educativas debería permitírseles beneficiarse de la acción afirmativa, si esto es lo que ellas eligen. Ser un “hijo de la Acción Afirmativa” otorga orgullo y realización.

Sylvia Lazos es una profesora visitante de la Facultad de Derecho de la University of Missouri. Volverá este otoño a dictar clases en la University of Nevada en Las Vegas.



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